domingo, 15 de septiembre de 2013

El silencio

En un perpetuo cambio, el paso estático del tiempo es un concepto que suena a utopía. En el subconsciente del ser humano, condenado él mismo al cambio, se manifiestan síntomas de una debilidad por la duda, por el parón, por el sincero anhelo de un permanecer eterno. Ese paso estático inalcanzable.

Difícil es, en un momento dado, reconocer dichos síntomas. Calla entonces la persona, ajena al mundo y al desconocimiento que implica el saber, e inmersa en un no-quiero-llegar-pero-que-se-acabe-ya-el-viaje, se abandona a los más recónditos sentimientos de su subconsciente. Es entonces cuando aparece el silencio.

Existen muchos tipos de silencio. El silencio de un hombre que espera la muerte, como decía Patrick Rothfuss en su novela “El nombre del viento”, es uno de los más pesados. El silencio del fin de la jornada, que expira cansada para dejar paso a un intervalo indefinido hasta que empieza la siguiente hora de trabajo, ajetreo y ruido. El silencio de un bebé cuando desaparece su llanto, saciado por la leche materna.

Pero existe un silencio impalpable, como robado al tiempo. Un silencio camaleónico, que se esconde en los rincones y en las puntas abiertas de las melenas. Un silencio que reposa en las pestañas y en la piel del lóbulo de la oreja, en las comisuras de los labios y en el orificio nasal derecho.

Un silencio ajeno al mundo, sin el cual el mundo carecería de sentido.

Es el anhelo de la persona por un parón temporal, que se vuelve físico pero no palpable, el silencio de la autocensura por un deseo impronunciable. Qué clase de persona la que prefiere restar inmóvil en un lugar de la línea del tiempo, desapareciendo de la existencia misma. Que desearía conocerse y tras el silencio se consume, poco a poco, como atrapada en sí misma.
Llora entonces la persona. O no. Grita entonces la persona. O no. Se abalanza al suelo, pega puñetazos al aire, hiperventila. O no.

Todo en silencio. Un manto pesado y duro, traspasable, sí, pero con un esfuerzo que no se mide en calorías.

Un manto como la luz de última hora de la tarde, que acuchilla los árboles y se refleja huidiza en la superficie del agua de una piscina. No hay corrientes pero el agua se balancea, gira, inquieta. No hace viento pero el agua arruga el entrecejo.

Sobre ese movimiento inexplicable se cierne entonces el silencio. Ahogando. Ahogando al agua.

Sumida en su silencio ve la persona pasar el tiempo. Muy a su pesar, ve las horas sucederse tras los minutos y los minutos pelearse por avanzar. Y avanzar. Y seguir avanzando. Entonces llega esa impotencia. Es el agua que se balancea, es entonces la persona quien arruga el entrecejo, frunce el ceño y deja rasgados los ojos. Inquieta, agotada. Asustada, furiosa.

Y cree la persona, que debería ser capaz de hacer eso, o aquello. Cree ser egoísta en su silencio. Cree estar lejos de lo que de verdad quiere y querer la lejanía al mismo tiempo. Desea un apartar contra el que quiere combatir. Es entonces una maraña de sentimientos contradictorios que camina balanceándose y cae al agua, y se moja, y aúlla en la noche.

No llores, silencio. No eres censura para mí. No permitas que crea que mi callar es culpa tuya, y que mis deseos pesan en mí bajo el manto impalpable. El silencio es un viaje hacia mí, y creo en el quererlo. Y en el querer volver sin abandonar lo que vi.

Tampoco llores, silencio, el silencio de los demás. El silencio de una historia. El silencio de unos ojos verdes.

*****

Era corpulento, sonriente y bonachón. Una de esas personas con las que te gustaría pasar horas hablando, una de esas personas con las que un encuentro casual en la calle era demasiado corto para conversar.

Un “hola” salido de su boca no era nunca sólo eso. Era una declaración de principios de la felicidad que debía desprenderse en un día soleado. Era la Constitución de la alegría.

Una mirada efusiva y centelleante, una sonrisa brillante, una voz penetrante y un corazón del tamaño del universo.

El servir al Estado fue su trabajo, extrapolado a una forma de vivir convertida en devoción a las personas y al esfuerzo. En un anhelo a la verdad y la fuerza. En un “siempre adelante”.

Tal vez debamos seguir adelante entonces.

Sonreír, y declarar la alegría en hacerlo.

Estrechar la mano a nuestros amigos como si nos fuera la vida en ello.

Y levantarnos.

******

Un día me dijeron que la muerte era como un hombre con una pistola en lo alto de un rascacielos en una ciudad. Un día disparaba, y caía alguien a tres manzanas de tu situación. Otro día disparaba, y caía quien caminaba contigo.

El pasado 9 de septiembre de 2013 cayó alguien que caminaba muy cerca de mí.
Descanse en paz, L. A. C.





A Laura Cailà Puig, por sus silencios tan valiosos; y a Lorenzo Aznárez Tur, porque cuando el camino se hace duro, sólo los duros siguen caminando.


Nuria Ribas Costa

jueves, 22 de agosto de 2013

Días rojos

Digamos que es un día de esos de verano en que hasta las cigarras se cansan de cantar por el calor. Digamos que te duchas, y que tres segundos después de salir de la ducha vuelves a estar empapado. De sudor. Pegajoso sudor. Digamos que todavía no has comido. Digamos que has cerrado las ventanas de tu casa porque es preferible que no entre el aire infernal. Digamos que estás solo. Digamos que son las dos de la tarde, pero tú no sabes qué hora es.

********

Se le habían roto los labios. Ese acontecimiento tan molesto que dificulta cualquier intento de sonrisa y que acaba haciendo que te parezcas a una serpiente, sacando la lengua cada tres segundos, mojando artificialmente la piel rasgada para alejar el dolor momentáneamente, sabiendo sin embargo que tal empresa acabará siendo en vano.

Se le habían roto los labios pero no tenía cacao en casa. Recordó entonces que una amiga suya le había dicho una vez que el aceite hacía la función de protector labial (o cutáneo, o tal vez fuera otra clase de protección, o quizá ni protegiera, oye) pero se lo puso igual. Difícil fue entonces no lamer y relamer. El aceite le recordaba a su infancia, a la abuela gritándole a papá que había cinco quilos más de aceitunas que el año anterior, a papá gritando que se iba a buscar más sacos, a mamá subiendo con una bandeja de ensaimada y flaón.

Se le habían roto los labios y le dolían. Le dolía todo el cuerpo, pensándolo mejor. Se levantó de la silla y se dirigió a la cocina, a comprobar que la puerta estaba bien cerrada. Hacía viento, ese viento veraniego, odioso porque ni refresca ni deja refrescar, que hacía tambalearse los cristales inamovibles de las ventanas. Menos mal que no era aquello Zaragoza, se dijo.

Se le habían roto los labios pero para mirar fotografías no le hacían demasiada falta, así que se alegró. Parecía que oía la voz de Marc Lavoine escalando tímidamente el oído externo, luego el interno, y luego las ramificaciones sanguíneas hasta su corazón. Parecía exactamente eso cuando pasaba las páginas de uno de sus libros favoritos. Era una de esos grandísimas publicaciones de tapas duras, con cubierta de papel de quita y pon (tan incómoda, que siempre le había parecido que solo servía para incordiar, una trozo de papel plastificado con una bonita imagen en la parte delantera, que abrazaba el libro con ligereza y dejaba a éste bien desnudo al desaparecer). Esa joya era un recopilatorio de imágenes de Berlín, París, Bruselas, Barcelona, Viena, Londres… Ciudades europeas, hablando cada una en su idioma, guiñando cada una el ojo con su luz, mostrándose cada una desnuda y fría, y cálida y templada, y triste y alegre, y roja, azul, violeta, verde, magenta, amarilla, gris o roja. Roja como los días fatales de Audrey en Desayuno con Diamantes.

Se pasó la lengua por los labios. Rojos también ellos como los de Audrey. Lavoine y su lírica seguían escalando. Sin tropezar. Aquel día tocaba París. Topó de frente con una foto desenfocada de un helado en forma de flor. “Montmartre”, rezaba el pie de foto. Se relamió los labios otra vez. Quién sabe si por dolor o anhelo, si por la nostalgia que de pronto le asaltó, si por el dolor contenido, o el aburrimiento disfrazado de paz, o la paz disfrazada de tristeza.

Pasó la página. Era esta vez la foto de un café señorial de esos que flanquean el Sena, con sus Bateaux Mouches que parecen sacados de la Revolución Industrial y conservados, aún hoy, en una bola de cristal, hechizada contra el paso del tiempo. Había una sombra negra en movimiento, en la parte izquierda de la imagen. Era una sombra no homogénea. En la parte superior, redondeada, se diría un gris como de nube de tormenta; seguida después de un pálido blanco y a continuación un negro puro, brillante, negro azabache impenetrable.

A duras penas pasó la página de nuevo. Y allí estaba, majestuosa y noble, la Dama de Hierro. Je dors dans tes hôtels, J'adore ta tour Eiffel, au moins elle, elle est fidèle...

Pasó rápido esta vez. Y ahí estaba, su favorita. Pequeña, en un rincón, como si el retrato del Moulin Rouge que ocupaba las tres cuartas partes de aquella hoja pudiera incluso soñar en quitarle protagonismo. Pero no. Diminuta, oscura, gastada, manoseada. Era una paleta de pintor, no demasiado grande, pero manchada hasta en sus laterales, con tres millones de colores distintos, materializados en aquel libro en infinitos tonos de gris, condenados al hambre de luz pero inmortalizados a cambio en un París sin edad.

Se pasó la lengua por los labios, esta vez lentamente. Sabía salado.

Se sorbió la nariz.

Tenía cosquillas en una mejilla.

Se sorbió la nariz de nuevo.

Hizo una mueca, se tapó la cara con las manos, con la palma hacia dentro.


Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.


Julio Cortázar, Instrucciones para llorar


Nuria Ribas Costa

miércoles, 7 de agosto de 2013

Cupcakes para la señora Thomas

Cuando era pequeña y mi abuela compraba el periódico, me gustaba observarla después de comer mientras hacía sus cosas. Primero retirábamos la mesa (tarea en la que yo colaboraba emocionadísima, qué ironía), después me tocaba a mí sacudir el mantel para quitar-le las migas de pan y demás restos de comida, y después se disponía ella a fregar los platos y yo me sentaba en la punta izquierda del sofá.

Luego ella terminaba esa ardua tarea y, dejando toda la estancia con olor a jabón, se sentaba en su butaca y cogía las gafas y el periódico. Yo observaba la rutinaria sucesión de hábitos cuya mínima alteración significaba un importante cambio en el estado de la abuela. Y en el mío, por extensión.

Pasaba las páginas lentamente. Nadie le había enseñado a leer y que fuera autodidacta era un plus de admiración por mi parte (“mamá, ¡la abuela sabe leer pero no ha ido al cole!”). Pero recuerdo que lo que más me fascinaba era su capacidad para leer todo el periódico en una tarde. Y si bien esto es una forma de hablar, de hecho si ella no leía todo el rotativo, quizá se dejaba por leer un 30%, nunca más.

Un par de años después, me sigue fascinando aquello de poder leer un periódico entero en menos de una tarde. Justo antes de que los párpados caigan, pesados y rugosos, sobre los ojos cansados.

Pero supongo que como por arte de magia, aunque no terminemos el periódico, da siempre la casualidad que acabamos leyendo lo que más nos interesa. Y no me refiero a los titulares atractivos, sino a textos cuya relación con otros ya leídos resulta clarísima, si bien el camino que hemos tomado para llegar a parar a ellos es bastante más difuso.
En el número de EL PAÍS SEMANAL del pasado domingo 21 de julio, Javier Marías escribía un artículo bastante interesante.

Confieso que mi debilidad por Marías fue el mayor impulso para la lectura de dicho fragmento, si bien el título podía insinuar algo bastante aventurado.

Con su habitual escrutinio con clase de la lengua, Marías analizaba, azotando con el látigo de su pluma, los últimos movimientos del Gobierno de Mariano Rajoy en lo referente al juicio ante Tribunal Militar de civiles. Y en el ambiguo contexto del momento, decía Marías que el Ministerio de Defensa llegaba al colmo de lo indefinido estipulando que una de las situaciones en que un civil puede ser juzgado ante Tribunal Militar es en “situación de conflicto armado”.
“Si esto no es militarizar a la población de nuevo, privarla des sus derechos fundamentales y entregarla a la discreción y arbitrariedad del Ejército, que venga el General Franco y lo vea. Se frotaría las manos […]” decía un Marías cuyo texto es, en esencia, una metáfora que introducía al principio del mismo: las noticias menores, que es como las llama el autor, son aquellas que en un momento en que el Estado español se sume en la putrefacción de una falsa democracia dejan entrever el nivel de alarma que el Gobierno se esfuerza en tapar.
Corramos un tupido velo.

¿Un tupido velo a base de escupir de lleno en la cara de la libertad?

Interesante y un tanto perturbador fue que dos días después de leer el artículo de Marías me topara yo (en mi afán por terminar de leer “Los Países” de los domingos) con una noticia cuyo título, de ser mío, me habría tachado de arriba abajo mi antiguo profesor de Redacción, pero que a mí me encantaba.

“Los periodistas, de lejos y sin preguntar” era una pieza informativa obra de Rosario G. Gómez en la que se describía la situación de malestar vivida por los profesionales periodísticos que se quejaban de las cada vez más frecuentes prácticas gubernamentales de restricción de la información. Medidas que Marías calificaba de franquistas en su artículo del Semanal.

¿Sin más ni menos, un SMS de La Moncloa previo a una reunión entre Rajoy y el Consejo Empresarial de la Competitividad (líderes de Telefónica, La Caixa, BBVA, Repsol, etc., para que se imaginen ustedes el tipo de situación) que dice que dicho evento (NO SECRETO SEGÚN LA AGENDA) no tendrá cobertura gráfica?

¿Los periódicos reciben después tres únicas fotografías, en las que aparece Rajoy charlando distendidamente? ¿Y TODO EL MUNDO LAS PUBLICA?

¿Sin más ni menos?

Y mientras tanto la noticia que dibuja las líneas de tal ataque frontal a la libertad de información y  por extensión a cualquier otra libertad es una de esas pequeñas noticias, noticas menores, de que hablaba Marías.

Las que dicen, castigadas a no ser vistas, lo que nadie dice.

El “Thank you, Mr. President” de la primera dama del periodismo estadounidense Helen Thomas se apagó el 20 de julio de este año dejando un legado de preguntas incisivas y críticas sangrantes que reposan a los pies de su inolvidable silla en la primera fila de la Sala de Prensa de la Casa Blanca.

A sus ochenta años continuaba entrando en el famoso edifico, cuando la mayoría de sus compañeros  habían abandonado ya su trabajo. Arrastrada por su cometido convertido en manera de vivir, la mujer que recibiera cupcakes de parte de Obama en su 90 aniversario no dejó jamás de grabar a grito de pluma que “nuestro trabajo (de los periodistas) consiste, aparte de contar la verdad, en que el público conozca los abusos del poder y las injusticias.”
“El legado de Thomas, de principio a fin.” Era la frase que cerraba el obituario en EL PAÍS del domingo 21 de julio de 2013.


Sí, me leí ese artículo veinte minutos después de “Los periodistas, de lejos y sin preguntar.”


lunes, 22 de julio de 2013

I aquests homes anaren al combat

El pasado sábado 20 de julio tuvo lugar en el Baluarte de Sant Pere en Dalt Vila, Eivissa, un Homenaje Joven al poeta isleño Marià Villangómez. Jóvenes, niños y adultos subieron al escenario mostrando una devoción largamente cultivada o recién descubierta por un poeta cuyas líneas denotan un amor puro por la propia tierra.

Yo misma tomé parte en dicho Homenaje, y puedo constatar que resultaba curioso estar haciendo una llamada al amor a la pureza de la isla, un reclamo y un grito de lucha hacia lo que ha sido nuestro, mientras al mismo tiempo resonaban en las cabezas de todos los participantes barbaridades tales como ataques a la playa de Benirràs, retrocesos alarmantes de la lengua propia o amenazas de tal calibre como prospecciones petrolíferas en los alrededores de la isla de Ibiza.

Escribo ahora desde el césped de mi casa, con los oídos a punto de explotar gracias al atronador grito de las cigarras. Y pienso que ojalá nuestras voces puedan llegar a ser tan molestas, repetitivas, duras e ineludibles a oídos de los que, desgraciadamente, tienen en sus manos el poder de destrozar un paraíso mediterráneo con solo un asentimiento de cabeza.

En 2010, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aprobaba unos convenios con la empresa de energía irlandesa Cairn Energy autorizando prospecciones petrolíferas en el Canal de Valencia. Esta lengua marina de 400km de longitud, entre la comunidad que lleva dicho nombre y la isla balear de Ibiza, es, como parte del Mediterráneo, hogar de una gran variedad faunística y floral.

Tres años después, Cairn Energy anuncia como fecha de su primera perforación petrolífera exploratoria el año 2015,  no sin dejar antes un mensaje glacial: una campaña sísmica en el invierno 2013-2014.

Dicha actuación consistirá en una búsqueda de petróleo por métodos sísmicos, utilizando detonaciones submarinas que generarán ondas de resonancia, permitiendo conocer la composición de la roca en el fondo marino.

Ya no sólo las prospecciones en sí sino la campaña energética en conjunto produce náuseas. Un “sí” de un Gobierno cuya actuación es una declaración de intenciones: money makes the world go round. O eso decían. Y parece ser cierto, porque no existe explicación racional posible que sostenga la autorización que pesa, desde hace tres años, sobre un agitado Mediterráneo.

En primer lugar, la peligrosidad del proyecto en su conjunto es, evidentemente, de un alto nivel. Pero la inminencia ha jugado a favor de los que han decidido movilizarse. La Comisión Balear de Medio Ambiente trató el pasado 4 de junio el impacto medioambiental de la campaña sísmica, constatando que Cairn Energy pretende operar a 249decibelios, cuando el 180 es el nivel de intensidad acústica a partir del cual son posibles daños irreversibles en cetáceos y tortugas marinas.

Efectos atroces sobre la pesca o escalofriantes cetáceos náufragos en el litoral son sólo algunas de las consecuencias de dicha campaña, cuya cercanía en el tiempo alerta a toda la población.

En segundo lugar, las secuelas negativas de tan desafortunado proyecto energético golpean también la esfera económico-social. El gasto económico en caso de incidentes sería, indudablemente, devastador. Teniendo en cuenta la dependencia de la isla de Ibiza del turismo, cualquier fallo –que siempre existen, como declaraba el President del Consell d’Eivissa Vicent Serra– implicaría una disminución del valor turístico de la isla.

Nunca es recomendable el basar una opinión en condiciones y sucesos cuya seguridad no es total. Por otra parte, se dice que la libertad consiste en la capacidad de tomar decisiones y atenerse a las consecuencias de las mismas, para lo cual deben haberse estudiado éstas previamente.

Tal vez en el caso de la decisión gubernamental que llevó a autorizar las prospecciones petrolíferas en el Canal de Valencia, ahora hace tres años, no se siguió este proceso. Sea como fuere, a día de hoy, con una campaña sísmica devastadora  a la vuelta de la esquina, quizá sea el momento de replantearse la moralidad de aquella decisión.

Rechazaba el Tribunal Supremo el recurso contencioso-administrativo presentado por la Generalitat Valenciana por carecer de rigor técnico y faltarle fundamentos jurídicos. ¿Es que es necesario andarse con consideraciones técnicas cuando la Ley misma se basa sobre el principio de la buena fe?

Siguen cantando las cigarras. O gritando, mejor dicho. Por favor, qué pesadez de sonido.

Y sigo pensando que ojalá pudiera yo conseguir algo con la voz. Porque parece que es, ahora ya, lo único que nos queda. Decía Villangómez que “a ver si entre todos enaltecemos nuestra lengua”. Y digo yo: la lengua, la cultura, la isla, las raíces.

Entre todos.

Luchemos.



Aquests homes lluitaren,
vull dir els avis dels avis,
i també damunt aquestes feixes es va sembrar la sang.
La dura mà empunyava les eines i les armes.
Defenien la vida, la collita, els seus escassos béns.
Pagesos i soldats, tot era una tasca única:
clavar la rella en la terra o el coltell en l'enemic.
Portaven aquells segles en l'entranya
l'armada incursió i la secada hostil.
Pel mar venia la tempesta
i la nau enemiga com un núvol irat.

Dins ells tenien la ràbia i la por,
lluitaven, s'amagaven, eren homes valents.
Hagueren de fer compatibles amb la feixuga feina
les hores de la gresca, de la rialla i de l'amor.
La mort els envestia per tots costats, aclaria
les espesses brostades. Era igual
morir de la lpesta, de fam, negats o en plena lluita.
Tal vegada la guerra tenia un altre prestigi.

I aquells homes anaven al combat. Ells sabien
almenys que defenien un tros de terra, una casa,
allí a la vora,
el pa de tots, dins el rebost  o a l'era,
i això els decidia a la mort.
Acceptaven, sense saber, un secular martiri:
ni tan sols crien que allò es pogués fer acabar.
I a més els homes es coneixen lluitant,
i és bell vanar-se d'una força ardida,
i les armes poden prendre un estrany fulgor a les mans.

El combat, Marià Villangómez i Llobet


Nuria Ribas Costa


sábado, 13 de julio de 2013

La apetencia literaria

Cuando mi padrino se enteró de que Angela Merkel había hecho algo así como criticar la hora de la siesta, respondió con su quietud habitual y su semblante imperturbable que “habría que poner a la señora Merkel a caminar un par de calles de Jaén a la hora de la siesta, a ver si le parecía entonces tan prescindible.”

Un poco más al noreste de Jaén, en una isla del Mediterráneo pervertida por las macro-discotecas y los guiris borrachos, es igualmente criminal hacer otra cosa que no sea descansar, a la sombra y lejos del ajetreo, de tres a cuatro de la tarde. Y lo dice una persona cuyos amigos apodan La Mujer Torbellino.

Existe en mi lengua materna, el catalán, un concepto que me define a la perfección: cul-remena, término cuya traducción al castellano dista mucho de ser comprensible. Ante tal dificultad decido que la mejor manera de definirme es con una mera descripción: mi problema –o virtud– es no estarme quieta, siempre tener la imperiosa necesidad de hacer algo. Con la mente, con el cuerpo, o con ambas cosas a la vez.

Por eso la hora de la siesta, he de confesar, no es una costumbre de la que yo pueda hablar con conocimiento de causa. Sin embargo, en verano –esa bochornosa y agotadora estación en la que hasta las hojas de los árboles sudan mientras soportan trabajosamente el cantar de las cigarras– consigo en ocasiones entregarme al maravilloso momento de descanso que la Señora Merkel tan indecentemente criticaba.

Así pues, estaba yo esta tarde paseándome entre las páginas de EL PAÍS que mi madre acababa de dejar sobre la mesa cuando topé con la sección de Opinión. Por inercia casi, me he detenido a leer el editorial (la segunda parte del mismo) que trataba sobre un emergente Brasil cuyo movimiento social calificaban el otro día en Ondacero de “necesario y normal” fruto, no de la crisis, sino del crecimiento. Recuerdo que pensé que era de lo más curioso que, en este contexto de retorcijones sociales (los móviles de los cuales distan mucho de ser acontecimientos beneficiosos) uno de los movimientos ciudadanos sí fuera causado por un avance en un país.

Pero aburrida –de la temática, quizá, siempre la misma– he apartado perezosamente la vista, que se ha parado, cara a cara, con un título que mi profesor de redacción habría, muy probablemente, calificado de válido por el juego de palabras, pero que yo, sin duda, he calificado de poco sabroso.

He empezado a leer entonces Crítica a la crítica, de Fernando Aramburu, y confieso que el texto daba mucho más de sí que el título. Con un discurso culto y unos términos precisos, Aramburu describía la difícil tarea del crítico literario, desvirtuando a aquellos que, en nombre de no-se-sabe-qué, pervierten tan noble oficio al servicio de favores, muy frecuentemente económicos. Entonces constataba (y esta es la frase que EL PAÍS mismo convertía en destacado) que “merece algo más que aplauso, merece agradecimiento el crítico que hace apetecibles las obras valiosas; aquel que no se limita a descifrar con adusta terminología de profesor, sino que se toma la molestia de transmitir entusiasmo”.

Estaba yo pensando en esa idea mientras continuaba mi paseo de papel cuando ha aparecido el suplemento cultural de los sábados en EL PAÍS, Babelia, delante de mis narices. Confieso que me siento un tanto culpable por no ser una experta en dicho suplemento, más que nada porque los trabajos periodísticos que más me atraen son siempre los relacionados con la cultura.

Con ojos curiosos he ido pasando las páginas, y para mi sorpresa y admiración la gran parte de las mismas estaban ocupadas por críticas de libros. Un curioso paralelismo con la idea de Aramburu que se arrastraba perezosa en mi mente desde hacía ya un rato.

Un bien escogido contrapunto de imágenes y un formato atractivo a la vista, prudentemente separado de la habitual configuración de la información que hace pensar al lector que ya está lejos de las malas noticias, crean en Babelia una atmósfera de conocimiento, un caldo de cultivo del gusto y la subjetividad.

Decía Aramburu que merecen más que un aplauso quienes hacen apetecibles obras literarias valiosas. Pero quienes hacen apetecibles a los creadores mismos de dichas obras merecen, entonces, más que ovaciones. Es este el caso del último artículo del Babelia de este sábado 13 de julio, titulado Comulgar con una empanada de lamprea y escrito por Manuel Vicent.

Quizá sea su segundo nombre –el mismo que el de mi padre– o sus títulos apetecibles. Sea como sea, lo cierto es que los textos de Manuel Vicent son algunos de mis rutinarias lecturas en EL PAÍS. Acostumbrada a ver su rostro en la contraportada del periódico, esta repentina aparición en Babel me ha sorprendido.

Empezando con una anécdota sobre su participación en una disputa de borrachos de lo más graciosa, pasando por la inquietud que lo lleva a cambiar las clases en la Facultad de Filosofía y Letras por la tertulia de Valle-Inclán en el café Derby y terminando con el relato de una visita a la capital, la vida de Álvaro Cunqueiro es retratada, en la paradoja del impresionismo y la precisión, por un Manuel Vicent que despierta, en aquellos que llegamos al final del artículo, una apetencia literaria que Aramburu, vagamente, desde algún rincón recóndito de mi mente, confirma como merecedora de ovación y reverencia.



-Crítica a la crítica, Fernando Aramburu: http://elpais.com/elpais/2013/07/09/opinion/1373364033_999927.html

-Comulgar con una empanada de lamprea, Manuel Vicent. Página 19 suplemento Babelia, EL PAÍS Edición Impresa


Nuria Ribas Costa

lunes, 10 de junio de 2013

El secretari d'Estat que no pensava a gran escala

"Aquest maleït diari no sap la que li caurà a sobre."

A la pantalla no es veu la seva cara, però han posat el seu nom a la part inferior, en lletres grogues. Richard Nixon està enfadat. Està vertaderament cabrejat.

Al mateix temps, el Washington Post va continuar publicant on s'havia quedat el New York Times, estupefacte davant una carta del ministre de Jusícia que els alertava de la prohibició que els hi queia a sobre: "no seguiu publicant o es prendran les mesures necessàries."

Imbatible, en algun lloc dels Estats Units, Daniel Ellsberg continuava filtrant els informes Top Secret del Pentàgon que s'havia passat nit rere nit fotocopiant davant els nassos de la mateixa policia.

"Van tocar a la porta. Jo veia aquell policia de Los Angeles intentant desxifrar les siluetes en moviment dins de la petita habitació. Vaig tapar un poc la fotocopiadora, vaig remenar els papers i vaig mirar els meus fills mentre m'acostava a obrir la porta.

-L'alarma s'ha tornat a disparar, senyor. Vagi amb compte.
-Ho sento, encara no la control·lo massa. Intentaré que no torni a passar. 

Els uniformats d' L.A. van marxar, retenint en la ment una dolça imatge familiar. I no es van adonar que tenien davant dels seus nassos el més gran crim contra el Govern des de feia molts anys."

Ellsberg continuava, impulsat per la consciència. Explica que un cop li van explicar aquella anècdota en què es planteja un dilema moral: quan has de triar entre traïr a un amic o a la teva nació; has de tenir el suficient valor per a traïr aquesta darrera. 

Però ell hi estava en desacord. Per això va continuar portant els documents secrets als diaris sabent que la persona sota les ordres de la qual havia tengut accès als top secrets del Pentàgon sortiria malparada d'aquella operació. Però va decidir que valia més això que no deixar que continués aquella carnisseria, allà a l'Àsia, a prudent distància dels Estats Units. No ho va fer per amor a la seva nació, sinó perquè creia que com a nació, els EUA tenien dret a oposar-se a la Guerra de Vietnam sostenint a la mà tots els documents que legitimessin aquella rebel·lió.

Uns Estats Units cecs, estupefactes davant titulars esfereïdors del Times. Del Post. I després del Boston Globe, del Chicago Sun Times, del Los Angeles Times. De molts altres. Un rere l'altre, posant en pràctica el que Hedrick Smith, reporter del primer diari que tinguè a les seves mans els documents del Pentàgon i s'atreví a publicar-los, afirmava: "som nosaltres els que tenim un criteri per a valorar el que és bo i el que no per a la seguretet nacional. I el que farem és ser independents del Govern. Som nosaltres els que podem fer-ho, i ho farem."
I ho van fer. Després els obligarien a parar, Nixon enfurismat llançaria contra ells les seves armes per tal d'aturar aquella sagnia de secrets. 

Però llavors el Tribunal Suprem va fallar. El Times, el Post i tota la resta de diaris podien seguir publicant els documents secrets del Pentàgon sobre la Guerra de Vietnam. Els documents que revelaven els horrors comesos en una guerra nord-amerciana des de l'inici.

Una guerra en que no és que els totpoderosos EUA fossin els bons. Sino que ells mateixos eren els enemics. 

Ellsberg relata que havia conegut en una ocasió una noia india que s'assemblava a Gandhi. Concretament ella pertanyia a una cultura en que no existía la paraula enemic. Si tots els Estats Units haguéssin format part d'aquella cultura, s'hauria produït una paradoxa interessant. Si l'enemic no existís, no hi hauria guerra. Si EE. UU. no fos enemic, no hi hauria hagut guerra.

"Vull que comencis a pensar a gran escala, Henry." Richard Nixon li retreia a Henry Kissinger que considerés el llançament d'una bomba atòmica sobre Vietnam una mesura excessiva.

Richard Nixon fou reelegit en 1972 President dels Estats Units per majoria aclaparadora.

Nuria Ribas Costa

miércoles, 5 de junio de 2013

La nova gènesi

L'anomenen la crisi del periodisme, però no és correcte dir-li així. Com totes les altres crisis, en tot ensorrament de model establert hi juguen un rol molt important diversos sectors àmpliament diferenciats. 

La crisi econòmica en té part de la culpa. Una culpa que, de fet, no seria al·legable de no ser perquè al darrera hi havia una gran plataforma mediàtica en potència: Internet començava a fer trontollar un sistema que no estava preparat per a tal magnitud d'impacte. Però és que ni amb Internet ni amb l'economia s'hauria esquerdat aquest cànon mediàtic. Feia falta una crisi ètica, apareguda costat per costat amb uns escandalitzants errors de gestió que, tard o d'hora, havien de fer fallida.

Quina dramàtica pèrdua d'integritat periodística. Quina falsedat de món el dels medis de comunicació. Ha sigut un cop de peu interessant al pacte de confiança amb els espectadors i lectors. Ivan Rosquelles, periodista autònom que havia treballat a Catalunya Ràdio, denuncia que la clau del periodisme, la voluntat d'incomodar el poder, està desapareixent.

Josep Carles Rius, director de la secció Catalunya Plural de eldiario.es, fa una crida a l'optimisme. La crisi econòmica, del periodisme, de l'ètica... l'ensorrament en que generacions com la nostra s'està formant, aprèn ara a renéixer de les seves pròpies cendres. I els projectes que apareixen són una reacció contra aquests errors, aquesta crisi. 

"Els periodistes de la premsa escrita ens estem reinventant. I per primera vegada, els periodistes podem dirigir i ser amos dels nostres propis mitjans." Pere Rusiñol, redactor de la revista Alternativas Económicas i responsable de la secció Reality News de la revista Mongòlia fa també una crida a aquesta reinvenció que posava Rius a sobre la taula. 

Però existeix un requisit bàsic, en que coincideixen aquests dos periodistes i que Brais Benítez, reporter de la revista Marea editada per la cooperativa MásPúblico, il·lustra molt bé quan defineix el model de treball d'aquesta publicació alternativa. 

"Nosaltres teniem molt clar que no voliem dependre de la publicitat per a sobreviure", punt en que assenteixen els dos altres periodistes. "El que feiem era tenir un codi deontològic i decidiem entre tots quins anunciants contractavem i quins no en funció de si contradeien aquest codi o no."

Un cop més, la publicitat com a reflex de l'herència d'aquest capitalisme de "taurons i casino" que desprecia Pere Rusiñol. I doncs la lluita contra la publicitat com a plataforma de finançament exclusiva i imprescindible. Una dependència tòxica que ha portat -i ara es veuen- a conseqüències nefastes en el panorama mediàtic dominant fins ara.

Així doncs, independència com a idea bàsica, la pèrdua de la qual es troba rere dos dels pilars bàsics d'aquella gran crisi: el model de gestió i la pèrdua de la ètica.

Però "el tancament de Público no va representar el tancament del periodisme." 

És la gènesi d'un nou panorama de mitjans. Un nou panorama curtit a base d'un enderrocament i nascut de les cendres. Un conjunt digne d'observar-ne la trajectòria.

Aquest post ha estat escrit inspirat per la xerrada organitzada pel grup de formació crítica en comunicació Ruta451, avui dia 5 de juny a la Facultat de Comunicació de la UPF, titulada "Els fills bords de Público" i en que han participat Josep Carles Rius (eldiario.es), Pere Rusiñol (Mongòlia) i Brais Benítez (lamarea).

Nuria Ribas Costa