lunes, 27 de octubre de 2014

Amor y miedo; o de cómo Claudio Tolcachir fascina de nuevo al Lliure de Barcelona


Bajo la sabia batuta de Lluís Pasqual, el prestigioso Teatre Lliure de Barcelona acogía hasta el pasado domingo 26 de octubre la última obra del dramaturgo argentino Claudio Toalchir.

En el seno de la ruta Buenos Aires de la temporada 2014-15, y codeándose con Sonata de Otoño, de Ingmar Bergman; y El reportaje, de Santiago Varela, Toalchir fascinaba esta vez al Lliure de Montjuïc con Emilia, estrenada el 16 de este octubre.

Después del embrujo y la emoción en que se sumió el teatro barcelonés en 2009 de la mano de La omisión de la familia Coleman, el autor y director bonaerense  apuesta esta vez por una historia de mentiras. Los personajes que dibuja Tolcachir son víctimas de sus propias ilusiones  y les aterra la idea de ruptura. La simple posibilidad de desmoronar la estructura que han tejido les produce escalofríos.

Unos escalofríos que el director plasma de manera magistral en esta obra: Tolcachir aboca sobre el escenario sus miedos e inquietudes, las inseguridades que beben de su propia infancia, con toda la peligrosidad que ello conlleva. Y contra toda expectativa, el resultado es estremecedor. Para bien.

La escenografía y el vestuario, de Elisa Sanz, y la iluminación de Juan Gómez Cornejo crean el aura perfecta para el desarrollo de una obra que cuestiona el amor y sus porqués desde una óptica nada explotada.

Nada tiene el resultado de cursilada, empezando por la dificultad tremenda de los personajes. Tolcachir dosifica la información con cuentagotas, haciendo que el espectador, en su subconsciente, alimente hipótesis e hipótesis sobre el inminente desarrollo de la obra. La interpretación, aún así, continua siendo el punto más fuerte de esta obra que se apoya en la fuerza de sus cuatro protagonistas.

Es el súmmum del trabajo en equipo. La Emilia de Gloria Muñoz, dulce, humilde, pero oscura y turbia a la vez. Un personaje de personajes que teje el hilo conductor de la obra a través de varios flashbacks. Flashbacks hechos de recuerdos, miradas perdidas y monólogos que se dirigen directamente al público. Entonces irrumpe Walter, enérgico, alterado, grita. Grita y agarra a Emilia y la abraza y sin embargo no la sigue en sus recuerdos: sólo sabe que ella es quien más le ha querido. Alfonso Lara es, sin duda, la definición del nervio obseso, de la ternura llevada al extremo, al esperpento, a la sobreactuación que nace del miedo. Parecido a él, por el miedo y el griterío y la indecisión y la niñez que se le va es el Leo de David Castillo.

A ambos cabe sumar la vigorosidad del Gabriel de Daniel Grao, cuya presencia silenciosa se hace imprescindible; y la Caro de Malena Alterio: frágil y pendiente de un hilo en sus permanentes contradicciones internas, que se manifiestan en forma de una abstracción que desespera.

La obra crece, es un desarrollo ascendente que el espectador va sintiendo vibrar. Siente la tragedia que se aproxima pero entonces se pregunta si no es ya suficientemente trágico lo que lleva viendo, aquellos sesenta minutos que ha pasado en la silla.

Pero no, no era suficiente y la obra explota, y todo cobra sentido, y de repente han pasado ni más ni menos que noventa minutos y el público casi ni se ha dado cuenta.



Esta crítica también se ha publicado en la revista de cultura digital El Corso:

Y en la revista digital La Mirada Jove'n':

miércoles, 15 de octubre de 2014

Jam: humo y pentagramas

El siguente texto es mi primera colaboración en la revista digital La Mirada Jove"n". Podéis leerlo en su contexto original en el siguiente link: 



La calle te arropa con su manto de oscuridad. Los charcos en el suelo y el aire resfriado aderezan tu caminar noctámbulo. Todos los rincones son iguales. Las aceras, los contenedores, los portales, las persianas. Las caras de quienes pasan, rápidos, rozando tu hombro izquierdo.

Metes las manos en los bolsillos, hasta el fondo, tensando las costuras de la chaqueta, intentando alejarte de un frío que aún no ha llegado. Aceleras y tus pasos suenan en el callejón, tan estrecho y húmedo, tan vacío. Desasosiego y miedo. Piensas que te gustaría encontrar algún rincón donde esconderte. 

El Raval de Barcelona te observa desde las rendijas entre las persianas y las mirillas de las puertas mientras tú pasas, al trote, dejando portales y portales atrás como si tuvieras muy claro lo que buscas. 

A tu izquierda aparece una especie de plazoleta triangular, y dos calles se bifurcan. Carrer de Requesens, se llama la primera. Hay goteras en un balcón y se está formando un charco en un lado de la calle. Sigues caminando y de repente te paras. Oyes un murmullo, una especie de susurro en forma de corcheas, semicorcheas. Oyes cómo el silencio que era dueño del Raval se hace añicos, poco a poco. A tu derecha se dibuja una puerta alta, de cristales forrados de recortes en blanco y negro. Al girar la esquina aparece otra puerta de cristal forrado.  Está entreabierta. Hay gente fuera. Fuman. Tienen cerveza en la mano. Rodean la puerta y se apoyan contra la pared. Sonríen y se ríen y tararean y silban y te miran cuando pasas entre ellos, murmurando un "perdón" tan susurrado que ni tú mismo estás seguro de haber pronunciado.

Empujas la puerta y te ciega, por un momento, la luz de la barra, que está justo enfrente. Pero enseguida te das cuenta de que el local está en penumbra y tus pupilas se calman. 

Un hombre de pelo blanco y mirada acogedora se dirige a ti desde el otro lado del mármol. 

-¿Qué te pongo?

Tiene una voz grave, afónica, gastada. Una voz fumada y cocida. Masticada. Pero honesta. Es una voz honesta.

-Cerveza.

Pagas la botella y mientras la sujetas con los dedos avanzas un poco hacia el centro del local, hacia el patio de butacas improvisado. Es un espacio cuadrado y de techo alto. La barra sigue, a la izquierda. Pequeña y larga. Al fondo divisas unas escaleras de metal. Negras como el carbón, se confunden, casi desaparecen. Encima de tu cabeza ves piernas colgando, brazos recostados contra las barras de una especie de balcón en forma de U que se une a la derecha con las escaleras invisibles. 

En el centro del local hay sillas. Muchas sillas. Y casi ninguna mesa. No hay un sólo rincón vacío.

Pero de todo esto te das cuenta más tarde, cuando recuerdas. Allí, de pie, con la cerveza en la mano, tu vista está fija en el pequeño escenario rectangular del fondo. 

Delante de una pared de ladrillos forrada de carteles; cables, papeles, atriles y pies se mueven, serpenteantes. Ahí están los asesinos del silencio. 

Un pianista acaricia las teclas con la cabeza gacha. Intentas, iluso, seguirle los dedos, pero abandonas la empresa y se te va la vista al contrabajista. Serio, tiene los ojos cerrados. Parece el contrabajo el escolta del cartel amarillo que preside el escenario. Enorme, largo, estrecho, de letras negras. 

Jazzsí Club Taller de Músics.

A su izquierda, aún un batería, un bajista y allá, apoyados contra la pared, recostados en la escalera, saxos, trompetas y una mujer pelirroja de grandes dimensiones. 

Se te ha calentado la cerveza y no quitas la vista de las escobillas, de la sordina, del cable del micrófono y del acento de la i.

Jazzsí. Jazz sí. Sí. Sí, sí, sí. 

Entra una trompeta. Aúlla, rasga el aire del local de los periódicos en el cristal y entonces el saxo despierta, serpenteando, seseando, seduciendo. Juegan, el uno con el otro, improvisando. Dejando la puerta abierta a quién quiera subir y jugar con ellos.

Y tu cierras los ojos y aprietas los dientes y cierras los puños y mueves los dedos de los pies y por fin, por fin, le das un trago a la cerveza.


***************


Es miércoles y son las diez de la noche. Tu despertador está programado ya, y sonará a las siete horas exactas de la mañana. Las luces están encendidas y mientras el batería mete los platos en una funda las sillas se amontonan y en la puerta ya hay cola para salir. 

Los músicos hablan, se ríen, y oyes que para ellos no se ha acabado la jornada todavía. 

Sales y mientras te pones la chaqueta lo oyes:

-Robadors, ¿no?
-Sí tío, kebab y vamos.

Te escondes, inconscientemente, en la penumbra y los sigues de lejos. Ellos compran comida, tú también. Pero mientras te resbala la salsa de yogur por la barbilla levantas la vista y te das cuenta, presa del pánico, que se han ido. 

Empiezas a andar. Callejeas, y vuelve el silencio. Llegas a la Rambla del Raval y la cruzas, y te engulle el verdadero carácter del barrio. Prostitutas en la calle, drogadictos y borrachos repantigados. Oyes que algún grito alcohólico se dirige a ti pero sigues, sigues andando sin rumbo y de repente giras a la derecha y lo ves. 

El número 23 de la calle Robadors, en pleno corazón del Raval de Barcelona. Las paredes de piedra rodean una puerta de cristal. Más cerveza, más humo, más aire, más penumbra y menos oscuridad. Te das cuenta de que el silencio huye, poco a poco.

Empujas la puerta y entras, lentamente. Te envuelve un aura pesada e hipnótica. Se diría que había humo en aquel local. Esta vez el aire es diferente. 

Es más duro, más decadente, más puro, más sin destilar. Más auténtico incluso que el Jazzsí. Hay humo. Pero no de cigarrillo.

La barra está a rebosar. Es rojiza, alargada y escoltada por taburetes en fila, cual soldados en formación. Huele a cerveza, a tequila y a ron. Huele a alcohol y a tabaco y a cables. Huele a metal de saxo, a madera de piano de pared y a la saliva que gotea, precipitándose desde una trompeta que susurra, estridente.

Huele a música.

Huele a jazz.

Y allá al fondo, pasada la escalera de metal y al final del estrecho pasillo, más que verlos, los intuyes: los magos, los suicidas, los locos, los artistas. Los reyes.

Los músicos. 

Pides otra cerveza y te acercas, esquivando a los desertores, hacia el final del callejón sin salida donde tocan esta vez. No hay escenario, casi tocan a pie y es tan pequeño y estrecho que te preguntas cómo no se chocan. En la tapa del piano se refleja el contrabajo. El baterista tiene un ritmo tan pegadizo que mueves los dedos sin darte cuenta. El trompeta y el saxofonista se hacen guiños, entrelazan los aullidos de sus vientos metales y te das cuenta, aún desde tu ignorancia musical, que el nivel de interpretación es espectacular, el ambiente es espectacular, la devoción es espectacular. 

A tu izquierda hay un chico que garabatea, esbozando los movimientos de los músicos, y a tu derecha hay un grupo de estudiantes extranjeros que a duras penas pueden apartar la vista del "escenario". Todo entre sillas de todo tipo, mesas recopiladas de épocas distantes en el tiempo, y paredes de piedra.

Es un antro en toda regla. Y no querrías marcharte nunca. 


Y entonces te preguntas: ¿cuántos como este habrá en esta ciudad?


Nuria Ribas Costa

martes, 8 de julio de 2014

De sábanas y altorrelieve griego

Tenía los ojos entrecerrados. No entreabiertos, porque estaban más cerca de la paz del sueño que de la tajante realidad de la vigilia. Respiraba lentamente: llenando los pulmones con suavidad pero con ímpetu, dirigiéndose a la supervivencia con una impecable inhalación. Entonces, tras permanecer inmóvil unos segundos, exhalaba el aire al cual ya había robado todo el oxígeno necesario, desechando el resto de gases nocivos para su organismo. Hacía todo eso, un proceso vital de tal complicación técnica y científica, con una naturalidad y una poesía fantásticas.

Olía a cama deshecha. Las sábanas estaban arrugadas, sobre todo la bajera en la parte inferior de aquella cama de matrimonio anivelada. La almohada estaba doblada, dispuesta de forma serpenteante sin ningún tipo de orden o lógica en la colocación. La sábana  superior, falta ya de un cubre-cama que debió de haber aterrizado en algún momento de la noche a los pies del lecho, se enrollaba entre sus piernas dibujando su silueta sobre el colchón como si de un altorrelieve griego se tratara. Le llegaba, sin embargo, sólo hasta la altura del pecho, en el que la susodicha se enrollaba en una especie de canutillo desordenado.

Estaba tendido de perfil, y su brazo izquierdo descansaba, en un ángulo de treinta grados, encima de aquel trozo de sábana convertido en canuto. Su mano estaba cerrada, en forma de puño sin forzar, justo debajo de su rostro.

Y si bien el hecho de cerrar los puños recuerda a la paz de los bebés al dormir, era su semblante el que provocaba la más enternecedora sensación posible.

Su boca formaba una línea recta, que se levantaba ligera y casi imperceptiblemente en las comisuras. No eran unos labios carnosos, más bien al contrario: finos y poco seductores, recordaban a la sonrisa de un niño consciente de que acaba de cometer una travesura. La nariz, dividida en dos tonalidades a causa de la luz que se colaba por la ventana, arrancaba en la mitad exacta de su cara, justo entre los dos ojos, ahora ya cerrados.

Ninguna arruga ensombrecía sus facciones, convirtiendo aquel rostro en lo que habría podido ser una escultura perfecta. El pelo, por su parte, desafiaba toda la armonía de aquella cara dormida: despeinado y rebelde, un par de mechones sin orden cubrían su frente lisa.

Consciente de que era muy probable que no consiguiera volver a dormirme, me volqué sobre mi hombro derecho y traté de alcanzar mi teléfono móvil, que estaba en el suelo. Iluminé la pantalla para comprobar con espanto que sólo eran las nueve de la mañana. Aquella luz… Maldita luz que se colaba por la ventana. No estoy todavía segura de si fue su culpa o también yo misma contribuí, pero la cuestión es que no podía dormirme, ya era oficial.

Recordaba la noche pastosamente, pero aquella cama no. Aquella cama, el primer momento en que me senté en aquella cama, lo recordaba como si acabara de vivirlo, horas después de que ocurriera. Parecía como si la luz traicionera quisiera alejar de mí todo lo ocurrido aquella noche…salvo lo que pasó en esa habitación.

Dejé de nuevo el móvil en el suelo y me volqué sobre mi costado izquierdo, de cara hacia él.

Su pecho subía y bajaba lentamente. Su respirar era como una melodía silenciosa de calidad indescriptible, un poema de complicación conceptual y tal sencillez estructural que desconcertaba. A mí me desconcertaba: los nervios de saber qué haría al verme allí, al reaccionar, al recordar; contrapuestos a la tranquilidad que me daba estar tendida a su lado.

Nada de eso llegó a provocar siquiera que en mi mente se dibujara la posibilidad de marcharme en silencio, y es que estaba tan ansiosa por ver cómo me mirarían sus ojos que empecé a comprender que quizá fuera eso, y no la luz, lo que me había desvelado.

No nos tocábamos. 

Sólo nos unía esa sábana superior, tan desnuda, sin su cubre-cama, tan desnuda como nosotros. Enredada entre sus piernas, me cubría a mí de la misma manera desordenada, con el mismo patrón de altorrelieve griego. También a mí me llegaba hasta el pecho, y también yo tenía el brazo que no estaba contra el colchón por encima del canutillo.

El mío estaba, sin embargo, un poco menos doblado, con la mano plana contra la cama justo debajo de la almohada.

No podía parar de mirarlo. Quizá habían pasado veinte minutos y yo seguía allí, desnuda; desnuda de cuerpo y de mente, indefensa por y ante mi incredulidad, nerviosa por mi indefensión, asustada por mi nerviosismo.

Sobrecogida y muda, de cansancio y de miedo a despertarlo y que desapareciera mi única fuente de tranquilidad: su respiración pausada y sus ojos en forma de media luna.

Me revolví entonces, casi imperceptiblemente, casi ni yo misma me di cuenta.

Pero él sí.

Abrió lentamente los ojos, parpadeó un par de veces. Contrajo los músculos de todo el cuerpo, tirando de todos ellos, como un felino que acaba de despertar. Parpadeó todavía un par de veces más y elevó las comisuras de sus finos labios, evidenciando una sonrisa misteriosa y tímidamente descarada.

Me estremecí y contesté parpadeando perezosamente, elevando también las comisuras de mis labios, lentamente.

Estábamos muy cerca, pero no nos tocábamos.

Estiró entonces los brazos, y pasando uno a cada lado del cuerpo tiró de mí hacia él, suavemente, como insinuando que me moviera yo. Evidentemente, obedecí.

Pegada a él, levanté la cabeza y le miré. Entonces él me penetró de nuevo, esta vez con la mirada, y me acarició con los ojos de esa manera que yo llevaba tanto tiempo, sin saberlo, echando de menos.

En aquél momento bajé la mirada, y apoyando la cabeza en su pecho me abracé a él y cerré yo los ojos, respirando lentamente.


Respirando el aire de aquella habitación céntrica y desnivelada, el aire que olía a cama deshecha, a sinceridad, a amor y a música.

Nuria Ribas Costa

sábado, 22 de marzo de 2014

Carmín agonizante

Se había recogido el pelo minutos después de que dejara de llover y ahora se le había secado en forma de moño. Decidió que tratar de luchar contra las fuerzas de sus cabellos era una empresa sin sentido así que se apartó los mechones que le asaltaban el rostro con un soplo y siguió andando. Aquello fue, sin embargo, otra empresa inútil pues el viento soplaba demasiado regularmente en la dirección de su caminar y por mucho recogido que llevara su cabeza parecía una fiesta de lianas.

Estaba oscuro y hacía un poco de frío. Un frío de esos incalificables, pues acababa de empezar la primavera y se suponía que aquella iba a ser una noche límpida y brillante, de esas en las que, sorprendentemente, se ven las estrellas a pesar de estar en la gran ciudad. Pero contra todo pronóstico, aquello era una burla de la naturaleza al meteorólogo en toda regla.

Y ahí estaba la Luna, riéndose a carcajadas de las pobres almas que todavía caminaban apresuradas por las calles ese domingo.

Ella caminaba también, pero no apresurada. De hecho, lo hacía a paso lento, acompasado. Un andar de estos que seguro que en inglés se habría podido describir con una palabra, pero en castellano se precisan de tres o cuatro adjetivos mínimo para esbozar una sombra de aquél caminar.

Llegó a una plazoleta pequeña, débil y ensombrecida, de trazos desordenados y luces enternecidas. Una de esas plazas en las que desembocan los enamorados que van besándose cada dos pasos y en vez de mirar adelante miran a los ojos de su pareja.

Ella tampoco miraba adelante, pero no porque estuviera contemplando la pupila de alguien que la rodeara por la espalda. No miraba adelante porque andaba sin rumbo, y había decidido secretamente –e inconscientemente– llegar a ninguna parte.

Le pareció entrever una especie de banco en la parte izquierda del claro urbano al que había ido a parar. Se dirigió a él y se sentó en una punta. Después se quitó los guantes y abrió la cremallera de su bolso de mano. Sacó una especie de neceser negro, cerrado con un botón en la parte delantera. Lo abrió también y al hacerlo se le cayó un paquete de boquillas al suelo.

Descruzó una pierna para agacharse a recogerlo, volvió a incorporarse y esta vez dejó las piernas juntas, sin cruzar, poniéndoles encima el bolso, el neceser y todo su contenido.

Abrió el paquete de boquillas y se puso una en la boca. Llevaba los labios pintados de rojo de manera desigual, como si se hubiera esparcido con el dedo el resto del carmín que quedaba en el tubo agonizante de pintalabios. Se puso la boquilla justo en el centro de la boca, donde menos roja y más rota estaba la piel. Con las manos abrió entonces el paquete de tabaco, y mientras colocaba una mano con la palma hacia arriba a modo de mesa, con la otra cogió un poco del vicio de color siena y se lo colocó encima.

Cerró entonces el paquete de tabaco y después de colocar en forma de línea recta el contenido del cigarrillo sobre su mano izquierda, sacó hábilmente con la derecha un papel fino y semitransparente.

Lo colocó entonces encima de la línea de tabaco de su otra mano y rápidamente le dio la vuelta, quedando el contenido del cigarro sobre el papel translúcido del color de la Luna que le hacía de foco. Con la mano que le quedaba libre se retiró de los labios la boquilla, que se había teñido de rojo, y la colocó en un extremo del hilo de tabaco que partía el papel en dos.

Entonces, con una técnica que revelaba los años de experiencia, enrolló el pliego dejando un lateral al aire.

Se acercó el proyecto de cigarro a los labios enrojecidos –que no rojos– y los entreabrió, a la vez que sacaba la lengua y la movía de un lado a otro del papel. Lo hizo sólo una vez, lentamente, como si acariciara la piel de una hipotética pareja.

Se separó el cigarrillo de la boca y pegó la franja de papel que le quedaba al resto del canuto.
Lo posó de nuevo sobre sus labios y lo dejó allí mientras recogía todo el material empleado en la empresa y lo metía en el bolso.

Sacó del bolsillo derecho de su cazadora un paquete de cerillas, pequeño y medio roto, lo abrió y sacó una. La encendió, y mientras tapaba la llama con la mano izquierda, acercó la madera con la derecha a la punta del pitillo que reposaba en su boca. Cuando éste hubo prendido, agitó la mano para extinguir la llama y lanzó el trozo de madera al suelo, que cayó sobre la piedra helada con un repiqueteo que estremeció la plaza, al no oírse nada más en aquél enclave que el respirar del aire.

Se puso los guantes, se recostó en el respaldo del banco y chupó el cigarro haciendo brillar la punta. Lo cazó entonces entre el dedo índice y el corazón de su mano izquierda y mientras lo despegaba de sus labios rojos, espiró.

Soltó el humo lentamente, tiñendo la noche de gris y dibujando en el aire. Mirando al infinito repitió la empresa un par de veces.

Tenía el rostro enmarcado por un par de mechones que el viento traicionero del callejón por el que había llegado hasta allí le había arrancado del moño. Éste seguía quieto, pero despeinado, en la parte trasera de su cabeza.

Aún en la noche y con la poca luz de una tímida Luna, se entreveía el color de su pelo: un dorado curtido a partes iguales por el sol y por el descuido. Las puntas estaban todas abiertas, y los cabellos que se habían precipitado fuera del recogido daban la impresión de estar quemados y ser escuálidos.

Como toda ella.

Era larga y fina, como una línea recta bien dibujada. No tenía casi pechos y sus extremidades eran peligrosamente delgadas. Las muñecas no se le veían, pero se adivinaba un vacío considerable dentro de los guantes a la altura de la articulación.

Los tobillos, sin embargo, sí que se entreveían, pues llevaba unos pantalones ligeramente arremangados y unas zapatillas bajas, de cordones, que en algún momento fueron blancas.

Se acercó de nuevo el cigarrillo a la boca. Chupó. Retuvo. Espiró.

La piel de sus guantes reflejaba la poca luz que iluminaba la noche.

Ya no corría ni una gota de viento. El ambiente era húmedo. Espiró.

Se estremeció.

Cruzó los brazos.

Todavía tenía carmín en los labios, pero la mayoría se lo había robado el cigarrillo que agonizaba ya en su mano izquierda.

Se quedó quieta entonces, escuchando atentamente.

Era un sonido sucio. Desatendido y débil. Acuático e imprudente, como secuestrado en el fondo de un barril y condenado al chillido anti-armónico.

Era una melodía masticada y difusa, como si la plazoleta oscura en la que se encontraba lo aplastara con la mirada.

Venía de un rincón indeterminado. Llegaba a través de las piedras del suelo y los agujeros. 

Salía de debajo de la fuente apagada y seca del medio del claro urbano. Aterrizaba sobre su piel gruñendo agudamente.

Tenía los ojos, azabaches como la noche, vidriosos. El cigarrillo humeante se había quedado a medio camino entre la boca –de la que el pintalabios sólo cubría ya las sorprendentemente atractivas arrugas– y la nada. Su piel blanca se había encendido.

Descruzó las piernas y se encogió sobre ellas, escondiendo la cara entre los guantes de piel. No sollozaba. Sacó de dentro de sí un aullido terroríficamente silencioso.

Dio una última calada al cigarrillo, que murió al instante.

Apareció entonces una cortina de humo que se escurría por entre las rendijas de sus dedos, dibujando el aire y tiñendo la noche de un gris difuso y triste.

Y aulló. Empezó como un murmullo débil, casi inaudible, etéreo e inapreciable. Pero reconocible.

Seguía a la armónica. Porque era una armónica. Vieja y destartalada, roñosa y afónica, que marcaba sinuosa un ritmo más que legendario. 

Afónica como su voz.

Se descubrió entonces el rostro y mirando al cielo rescató de lo más hondo de su garganta una nota.

Tosió.

Y regresó entonces su voz. Una voz negra como aquella noche lluviosa de primavera traicionera.

Una voz traicionada y perdida, chiflada y cuerda al unísono convirtiéndose en la patente de la desdicha en aquel crepúsculo.

La armónica sonaba sucia, y ella, encogida mirando al cielo, marcados los huesos y venas de su cuello, cantó por vez primera en mucho tiempo mientras del azabache de sus pupilas asomaban gotas de amargura.


In my solitude you haunt me
With reveries of days gone by
In my solitude you taunt me
With memories that never die
I sit in my chair
Filled with despair
Nobody could be so sad
With gloom evrywhere
I sit and I stare
I know that Ill soon go mad
In my solitude
Im praying
Dear lord above
Send back my love
Alternative lyric:
In my solitude you haunt me
With reveries of days gone by
In my solitude you taunt me
With memories that never die
I sit in my chair
Im filled with despair
Theres no one could be so sad
With gloom evrywhere
I sit and I stare
I know that Ill soon go mad
In my solitude
Im praying
Dear lord above

Send back my love



Nuria Ribas Costa