miércoles, 15 de octubre de 2014

Jam: humo y pentagramas

El siguente texto es mi primera colaboración en la revista digital La Mirada Jove"n". Podéis leerlo en su contexto original en el siguiente link: 



La calle te arropa con su manto de oscuridad. Los charcos en el suelo y el aire resfriado aderezan tu caminar noctámbulo. Todos los rincones son iguales. Las aceras, los contenedores, los portales, las persianas. Las caras de quienes pasan, rápidos, rozando tu hombro izquierdo.

Metes las manos en los bolsillos, hasta el fondo, tensando las costuras de la chaqueta, intentando alejarte de un frío que aún no ha llegado. Aceleras y tus pasos suenan en el callejón, tan estrecho y húmedo, tan vacío. Desasosiego y miedo. Piensas que te gustaría encontrar algún rincón donde esconderte. 

El Raval de Barcelona te observa desde las rendijas entre las persianas y las mirillas de las puertas mientras tú pasas, al trote, dejando portales y portales atrás como si tuvieras muy claro lo que buscas. 

A tu izquierda aparece una especie de plazoleta triangular, y dos calles se bifurcan. Carrer de Requesens, se llama la primera. Hay goteras en un balcón y se está formando un charco en un lado de la calle. Sigues caminando y de repente te paras. Oyes un murmullo, una especie de susurro en forma de corcheas, semicorcheas. Oyes cómo el silencio que era dueño del Raval se hace añicos, poco a poco. A tu derecha se dibuja una puerta alta, de cristales forrados de recortes en blanco y negro. Al girar la esquina aparece otra puerta de cristal forrado.  Está entreabierta. Hay gente fuera. Fuman. Tienen cerveza en la mano. Rodean la puerta y se apoyan contra la pared. Sonríen y se ríen y tararean y silban y te miran cuando pasas entre ellos, murmurando un "perdón" tan susurrado que ni tú mismo estás seguro de haber pronunciado.

Empujas la puerta y te ciega, por un momento, la luz de la barra, que está justo enfrente. Pero enseguida te das cuenta de que el local está en penumbra y tus pupilas se calman. 

Un hombre de pelo blanco y mirada acogedora se dirige a ti desde el otro lado del mármol. 

-¿Qué te pongo?

Tiene una voz grave, afónica, gastada. Una voz fumada y cocida. Masticada. Pero honesta. Es una voz honesta.

-Cerveza.

Pagas la botella y mientras la sujetas con los dedos avanzas un poco hacia el centro del local, hacia el patio de butacas improvisado. Es un espacio cuadrado y de techo alto. La barra sigue, a la izquierda. Pequeña y larga. Al fondo divisas unas escaleras de metal. Negras como el carbón, se confunden, casi desaparecen. Encima de tu cabeza ves piernas colgando, brazos recostados contra las barras de una especie de balcón en forma de U que se une a la derecha con las escaleras invisibles. 

En el centro del local hay sillas. Muchas sillas. Y casi ninguna mesa. No hay un sólo rincón vacío.

Pero de todo esto te das cuenta más tarde, cuando recuerdas. Allí, de pie, con la cerveza en la mano, tu vista está fija en el pequeño escenario rectangular del fondo. 

Delante de una pared de ladrillos forrada de carteles; cables, papeles, atriles y pies se mueven, serpenteantes. Ahí están los asesinos del silencio. 

Un pianista acaricia las teclas con la cabeza gacha. Intentas, iluso, seguirle los dedos, pero abandonas la empresa y se te va la vista al contrabajista. Serio, tiene los ojos cerrados. Parece el contrabajo el escolta del cartel amarillo que preside el escenario. Enorme, largo, estrecho, de letras negras. 

Jazzsí Club Taller de Músics.

A su izquierda, aún un batería, un bajista y allá, apoyados contra la pared, recostados en la escalera, saxos, trompetas y una mujer pelirroja de grandes dimensiones. 

Se te ha calentado la cerveza y no quitas la vista de las escobillas, de la sordina, del cable del micrófono y del acento de la i.

Jazzsí. Jazz sí. Sí. Sí, sí, sí. 

Entra una trompeta. Aúlla, rasga el aire del local de los periódicos en el cristal y entonces el saxo despierta, serpenteando, seseando, seduciendo. Juegan, el uno con el otro, improvisando. Dejando la puerta abierta a quién quiera subir y jugar con ellos.

Y tu cierras los ojos y aprietas los dientes y cierras los puños y mueves los dedos de los pies y por fin, por fin, le das un trago a la cerveza.


***************


Es miércoles y son las diez de la noche. Tu despertador está programado ya, y sonará a las siete horas exactas de la mañana. Las luces están encendidas y mientras el batería mete los platos en una funda las sillas se amontonan y en la puerta ya hay cola para salir. 

Los músicos hablan, se ríen, y oyes que para ellos no se ha acabado la jornada todavía. 

Sales y mientras te pones la chaqueta lo oyes:

-Robadors, ¿no?
-Sí tío, kebab y vamos.

Te escondes, inconscientemente, en la penumbra y los sigues de lejos. Ellos compran comida, tú también. Pero mientras te resbala la salsa de yogur por la barbilla levantas la vista y te das cuenta, presa del pánico, que se han ido. 

Empiezas a andar. Callejeas, y vuelve el silencio. Llegas a la Rambla del Raval y la cruzas, y te engulle el verdadero carácter del barrio. Prostitutas en la calle, drogadictos y borrachos repantigados. Oyes que algún grito alcohólico se dirige a ti pero sigues, sigues andando sin rumbo y de repente giras a la derecha y lo ves. 

El número 23 de la calle Robadors, en pleno corazón del Raval de Barcelona. Las paredes de piedra rodean una puerta de cristal. Más cerveza, más humo, más aire, más penumbra y menos oscuridad. Te das cuenta de que el silencio huye, poco a poco.

Empujas la puerta y entras, lentamente. Te envuelve un aura pesada e hipnótica. Se diría que había humo en aquel local. Esta vez el aire es diferente. 

Es más duro, más decadente, más puro, más sin destilar. Más auténtico incluso que el Jazzsí. Hay humo. Pero no de cigarrillo.

La barra está a rebosar. Es rojiza, alargada y escoltada por taburetes en fila, cual soldados en formación. Huele a cerveza, a tequila y a ron. Huele a alcohol y a tabaco y a cables. Huele a metal de saxo, a madera de piano de pared y a la saliva que gotea, precipitándose desde una trompeta que susurra, estridente.

Huele a música.

Huele a jazz.

Y allá al fondo, pasada la escalera de metal y al final del estrecho pasillo, más que verlos, los intuyes: los magos, los suicidas, los locos, los artistas. Los reyes.

Los músicos. 

Pides otra cerveza y te acercas, esquivando a los desertores, hacia el final del callejón sin salida donde tocan esta vez. No hay escenario, casi tocan a pie y es tan pequeño y estrecho que te preguntas cómo no se chocan. En la tapa del piano se refleja el contrabajo. El baterista tiene un ritmo tan pegadizo que mueves los dedos sin darte cuenta. El trompeta y el saxofonista se hacen guiños, entrelazan los aullidos de sus vientos metales y te das cuenta, aún desde tu ignorancia musical, que el nivel de interpretación es espectacular, el ambiente es espectacular, la devoción es espectacular. 

A tu izquierda hay un chico que garabatea, esbozando los movimientos de los músicos, y a tu derecha hay un grupo de estudiantes extranjeros que a duras penas pueden apartar la vista del "escenario". Todo entre sillas de todo tipo, mesas recopiladas de épocas distantes en el tiempo, y paredes de piedra.

Es un antro en toda regla. Y no querrías marcharte nunca. 


Y entonces te preguntas: ¿cuántos como este habrá en esta ciudad?


Nuria Ribas Costa

martes, 8 de julio de 2014

De sábanas y altorrelieve griego

Tenía los ojos entrecerrados. No entreabiertos, porque estaban más cerca de la paz del sueño que de la tajante realidad de la vigilia. Respiraba lentamente: llenando los pulmones con suavidad pero con ímpetu, dirigiéndose a la supervivencia con una impecable inhalación. Entonces, tras permanecer inmóvil unos segundos, exhalaba el aire al cual ya había robado todo el oxígeno necesario, desechando el resto de gases nocivos para su organismo. Hacía todo eso, un proceso vital de tal complicación técnica y científica, con una naturalidad y una poesía fantásticas.

Olía a cama deshecha. Las sábanas estaban arrugadas, sobre todo la bajera en la parte inferior de aquella cama de matrimonio anivelada. La almohada estaba doblada, dispuesta de forma serpenteante sin ningún tipo de orden o lógica en la colocación. La sábana  superior, falta ya de un cubre-cama que debió de haber aterrizado en algún momento de la noche a los pies del lecho, se enrollaba entre sus piernas dibujando su silueta sobre el colchón como si de un altorrelieve griego se tratara. Le llegaba, sin embargo, sólo hasta la altura del pecho, en el que la susodicha se enrollaba en una especie de canutillo desordenado.

Estaba tendido de perfil, y su brazo izquierdo descansaba, en un ángulo de treinta grados, encima de aquel trozo de sábana convertido en canuto. Su mano estaba cerrada, en forma de puño sin forzar, justo debajo de su rostro.

Y si bien el hecho de cerrar los puños recuerda a la paz de los bebés al dormir, era su semblante el que provocaba la más enternecedora sensación posible.

Su boca formaba una línea recta, que se levantaba ligera y casi imperceptiblemente en las comisuras. No eran unos labios carnosos, más bien al contrario: finos y poco seductores, recordaban a la sonrisa de un niño consciente de que acaba de cometer una travesura. La nariz, dividida en dos tonalidades a causa de la luz que se colaba por la ventana, arrancaba en la mitad exacta de su cara, justo entre los dos ojos, ahora ya cerrados.

Ninguna arruga ensombrecía sus facciones, convirtiendo aquel rostro en lo que habría podido ser una escultura perfecta. El pelo, por su parte, desafiaba toda la armonía de aquella cara dormida: despeinado y rebelde, un par de mechones sin orden cubrían su frente lisa.

Consciente de que era muy probable que no consiguiera volver a dormirme, me volqué sobre mi hombro derecho y traté de alcanzar mi teléfono móvil, que estaba en el suelo. Iluminé la pantalla para comprobar con espanto que sólo eran las nueve de la mañana. Aquella luz… Maldita luz que se colaba por la ventana. No estoy todavía segura de si fue su culpa o también yo misma contribuí, pero la cuestión es que no podía dormirme, ya era oficial.

Recordaba la noche pastosamente, pero aquella cama no. Aquella cama, el primer momento en que me senté en aquella cama, lo recordaba como si acabara de vivirlo, horas después de que ocurriera. Parecía como si la luz traicionera quisiera alejar de mí todo lo ocurrido aquella noche…salvo lo que pasó en esa habitación.

Dejé de nuevo el móvil en el suelo y me volqué sobre mi costado izquierdo, de cara hacia él.

Su pecho subía y bajaba lentamente. Su respirar era como una melodía silenciosa de calidad indescriptible, un poema de complicación conceptual y tal sencillez estructural que desconcertaba. A mí me desconcertaba: los nervios de saber qué haría al verme allí, al reaccionar, al recordar; contrapuestos a la tranquilidad que me daba estar tendida a su lado.

Nada de eso llegó a provocar siquiera que en mi mente se dibujara la posibilidad de marcharme en silencio, y es que estaba tan ansiosa por ver cómo me mirarían sus ojos que empecé a comprender que quizá fuera eso, y no la luz, lo que me había desvelado.

No nos tocábamos. 

Sólo nos unía esa sábana superior, tan desnuda, sin su cubre-cama, tan desnuda como nosotros. Enredada entre sus piernas, me cubría a mí de la misma manera desordenada, con el mismo patrón de altorrelieve griego. También a mí me llegaba hasta el pecho, y también yo tenía el brazo que no estaba contra el colchón por encima del canutillo.

El mío estaba, sin embargo, un poco menos doblado, con la mano plana contra la cama justo debajo de la almohada.

No podía parar de mirarlo. Quizá habían pasado veinte minutos y yo seguía allí, desnuda; desnuda de cuerpo y de mente, indefensa por y ante mi incredulidad, nerviosa por mi indefensión, asustada por mi nerviosismo.

Sobrecogida y muda, de cansancio y de miedo a despertarlo y que desapareciera mi única fuente de tranquilidad: su respiración pausada y sus ojos en forma de media luna.

Me revolví entonces, casi imperceptiblemente, casi ni yo misma me di cuenta.

Pero él sí.

Abrió lentamente los ojos, parpadeó un par de veces. Contrajo los músculos de todo el cuerpo, tirando de todos ellos, como un felino que acaba de despertar. Parpadeó todavía un par de veces más y elevó las comisuras de sus finos labios, evidenciando una sonrisa misteriosa y tímidamente descarada.

Me estremecí y contesté parpadeando perezosamente, elevando también las comisuras de mis labios, lentamente.

Estábamos muy cerca, pero no nos tocábamos.

Estiró entonces los brazos, y pasando uno a cada lado del cuerpo tiró de mí hacia él, suavemente, como insinuando que me moviera yo. Evidentemente, obedecí.

Pegada a él, levanté la cabeza y le miré. Entonces él me penetró de nuevo, esta vez con la mirada, y me acarició con los ojos de esa manera que yo llevaba tanto tiempo, sin saberlo, echando de menos.

En aquél momento bajé la mirada, y apoyando la cabeza en su pecho me abracé a él y cerré yo los ojos, respirando lentamente.


Respirando el aire de aquella habitación céntrica y desnivelada, el aire que olía a cama deshecha, a sinceridad, a amor y a música.

Nuria Ribas Costa

sábado, 22 de marzo de 2014

Carmín agonizante

Se había recogido el pelo minutos después de que dejara de llover y ahora se le había secado en forma de moño. Decidió que tratar de luchar contra las fuerzas de sus cabellos era una empresa sin sentido así que se apartó los mechones que le asaltaban el rostro con un soplo y siguió andando. Aquello fue, sin embargo, otra empresa inútil pues el viento soplaba demasiado regularmente en la dirección de su caminar y por mucho recogido que llevara su cabeza parecía una fiesta de lianas.

Estaba oscuro y hacía un poco de frío. Un frío de esos incalificables, pues acababa de empezar la primavera y se suponía que aquella iba a ser una noche límpida y brillante, de esas en las que, sorprendentemente, se ven las estrellas a pesar de estar en la gran ciudad. Pero contra todo pronóstico, aquello era una burla de la naturaleza al meteorólogo en toda regla.

Y ahí estaba la Luna, riéndose a carcajadas de las pobres almas que todavía caminaban apresuradas por las calles ese domingo.

Ella caminaba también, pero no apresurada. De hecho, lo hacía a paso lento, acompasado. Un andar de estos que seguro que en inglés se habría podido describir con una palabra, pero en castellano se precisan de tres o cuatro adjetivos mínimo para esbozar una sombra de aquél caminar.

Llegó a una plazoleta pequeña, débil y ensombrecida, de trazos desordenados y luces enternecidas. Una de esas plazas en las que desembocan los enamorados que van besándose cada dos pasos y en vez de mirar adelante miran a los ojos de su pareja.

Ella tampoco miraba adelante, pero no porque estuviera contemplando la pupila de alguien que la rodeara por la espalda. No miraba adelante porque andaba sin rumbo, y había decidido secretamente –e inconscientemente– llegar a ninguna parte.

Le pareció entrever una especie de banco en la parte izquierda del claro urbano al que había ido a parar. Se dirigió a él y se sentó en una punta. Después se quitó los guantes y abrió la cremallera de su bolso de mano. Sacó una especie de neceser negro, cerrado con un botón en la parte delantera. Lo abrió también y al hacerlo se le cayó un paquete de boquillas al suelo.

Descruzó una pierna para agacharse a recogerlo, volvió a incorporarse y esta vez dejó las piernas juntas, sin cruzar, poniéndoles encima el bolso, el neceser y todo su contenido.

Abrió el paquete de boquillas y se puso una en la boca. Llevaba los labios pintados de rojo de manera desigual, como si se hubiera esparcido con el dedo el resto del carmín que quedaba en el tubo agonizante de pintalabios. Se puso la boquilla justo en el centro de la boca, donde menos roja y más rota estaba la piel. Con las manos abrió entonces el paquete de tabaco, y mientras colocaba una mano con la palma hacia arriba a modo de mesa, con la otra cogió un poco del vicio de color siena y se lo colocó encima.

Cerró entonces el paquete de tabaco y después de colocar en forma de línea recta el contenido del cigarrillo sobre su mano izquierda, sacó hábilmente con la derecha un papel fino y semitransparente.

Lo colocó entonces encima de la línea de tabaco de su otra mano y rápidamente le dio la vuelta, quedando el contenido del cigarro sobre el papel translúcido del color de la Luna que le hacía de foco. Con la mano que le quedaba libre se retiró de los labios la boquilla, que se había teñido de rojo, y la colocó en un extremo del hilo de tabaco que partía el papel en dos.

Entonces, con una técnica que revelaba los años de experiencia, enrolló el pliego dejando un lateral al aire.

Se acercó el proyecto de cigarro a los labios enrojecidos –que no rojos– y los entreabrió, a la vez que sacaba la lengua y la movía de un lado a otro del papel. Lo hizo sólo una vez, lentamente, como si acariciara la piel de una hipotética pareja.

Se separó el cigarrillo de la boca y pegó la franja de papel que le quedaba al resto del canuto.
Lo posó de nuevo sobre sus labios y lo dejó allí mientras recogía todo el material empleado en la empresa y lo metía en el bolso.

Sacó del bolsillo derecho de su cazadora un paquete de cerillas, pequeño y medio roto, lo abrió y sacó una. La encendió, y mientras tapaba la llama con la mano izquierda, acercó la madera con la derecha a la punta del pitillo que reposaba en su boca. Cuando éste hubo prendido, agitó la mano para extinguir la llama y lanzó el trozo de madera al suelo, que cayó sobre la piedra helada con un repiqueteo que estremeció la plaza, al no oírse nada más en aquél enclave que el respirar del aire.

Se puso los guantes, se recostó en el respaldo del banco y chupó el cigarro haciendo brillar la punta. Lo cazó entonces entre el dedo índice y el corazón de su mano izquierda y mientras lo despegaba de sus labios rojos, espiró.

Soltó el humo lentamente, tiñendo la noche de gris y dibujando en el aire. Mirando al infinito repitió la empresa un par de veces.

Tenía el rostro enmarcado por un par de mechones que el viento traicionero del callejón por el que había llegado hasta allí le había arrancado del moño. Éste seguía quieto, pero despeinado, en la parte trasera de su cabeza.

Aún en la noche y con la poca luz de una tímida Luna, se entreveía el color de su pelo: un dorado curtido a partes iguales por el sol y por el descuido. Las puntas estaban todas abiertas, y los cabellos que se habían precipitado fuera del recogido daban la impresión de estar quemados y ser escuálidos.

Como toda ella.

Era larga y fina, como una línea recta bien dibujada. No tenía casi pechos y sus extremidades eran peligrosamente delgadas. Las muñecas no se le veían, pero se adivinaba un vacío considerable dentro de los guantes a la altura de la articulación.

Los tobillos, sin embargo, sí que se entreveían, pues llevaba unos pantalones ligeramente arremangados y unas zapatillas bajas, de cordones, que en algún momento fueron blancas.

Se acercó de nuevo el cigarrillo a la boca. Chupó. Retuvo. Espiró.

La piel de sus guantes reflejaba la poca luz que iluminaba la noche.

Ya no corría ni una gota de viento. El ambiente era húmedo. Espiró.

Se estremeció.

Cruzó los brazos.

Todavía tenía carmín en los labios, pero la mayoría se lo había robado el cigarrillo que agonizaba ya en su mano izquierda.

Se quedó quieta entonces, escuchando atentamente.

Era un sonido sucio. Desatendido y débil. Acuático e imprudente, como secuestrado en el fondo de un barril y condenado al chillido anti-armónico.

Era una melodía masticada y difusa, como si la plazoleta oscura en la que se encontraba lo aplastara con la mirada.

Venía de un rincón indeterminado. Llegaba a través de las piedras del suelo y los agujeros. 

Salía de debajo de la fuente apagada y seca del medio del claro urbano. Aterrizaba sobre su piel gruñendo agudamente.

Tenía los ojos, azabaches como la noche, vidriosos. El cigarrillo humeante se había quedado a medio camino entre la boca –de la que el pintalabios sólo cubría ya las sorprendentemente atractivas arrugas– y la nada. Su piel blanca se había encendido.

Descruzó las piernas y se encogió sobre ellas, escondiendo la cara entre los guantes de piel. No sollozaba. Sacó de dentro de sí un aullido terroríficamente silencioso.

Dio una última calada al cigarrillo, que murió al instante.

Apareció entonces una cortina de humo que se escurría por entre las rendijas de sus dedos, dibujando el aire y tiñendo la noche de un gris difuso y triste.

Y aulló. Empezó como un murmullo débil, casi inaudible, etéreo e inapreciable. Pero reconocible.

Seguía a la armónica. Porque era una armónica. Vieja y destartalada, roñosa y afónica, que marcaba sinuosa un ritmo más que legendario. 

Afónica como su voz.

Se descubrió entonces el rostro y mirando al cielo rescató de lo más hondo de su garganta una nota.

Tosió.

Y regresó entonces su voz. Una voz negra como aquella noche lluviosa de primavera traicionera.

Una voz traicionada y perdida, chiflada y cuerda al unísono convirtiéndose en la patente de la desdicha en aquel crepúsculo.

La armónica sonaba sucia, y ella, encogida mirando al cielo, marcados los huesos y venas de su cuello, cantó por vez primera en mucho tiempo mientras del azabache de sus pupilas asomaban gotas de amargura.


In my solitude you haunt me
With reveries of days gone by
In my solitude you taunt me
With memories that never die
I sit in my chair
Filled with despair
Nobody could be so sad
With gloom evrywhere
I sit and I stare
I know that Ill soon go mad
In my solitude
Im praying
Dear lord above
Send back my love
Alternative lyric:
In my solitude you haunt me
With reveries of days gone by
In my solitude you taunt me
With memories that never die
I sit in my chair
Im filled with despair
Theres no one could be so sad
With gloom evrywhere
I sit and I stare
I know that Ill soon go mad
In my solitude
Im praying
Dear lord above

Send back my love



Nuria Ribas Costa

domingo, 29 de diciembre de 2013

Lectura a la Sheldon Cooper

Ya tengo Twitter y me siento de lo más avanzada y tecnológica. De hecho, soy ya una persona del siglo XXI hecha y derecha. Quién era yo antes del twitter, por favor. Qué es la vida sin el dichoso pajarillo azul.

Pero no, lector. Antes de que concibas (erróneamente) este texto como una crítica sarcástica y/o irónica contra el Twitter, te diré algo: creo que el twitter es uno de los grandes inventos de esta era de la tecnología en la que vivimos. Podría decir que es, precisamente, uno de los cachivaches -si es que así puedo llamarlo, puesto que no es precisamente palpable, y dicho sea de paso, esa es una de las cualidades de todo cachivache- más útiles que he visto jamás. 

Y andaba yo diciendo que desde que formo parte de la bandada azul me siento de lo más avanzada. Y así es. Debes, lector, por lo tanto, interpretar el primer párrafo como lo haría el sublime personaje de la serie televisiva norte-americana The Big Bang Theory, Sheldon Cooper, que lo habría leído sin siquiera sospechar que escondía el más mínimo sarcasmo. (Que te repito que ni lo esconde ni lo muestra, porque no lo hay).

Pero dejando de lado toda esta palabrería, venía yo a presentar una disculpa. Y es que como potencial periodista que se supone que soy, se me presupone la práctica, que de hecho es considerada por algunos como intrínseca de la condición periodística, de leer cada día muchos periódicos, revistas, pseudo-híbridos de ambos, y todo tipo de publicaciones más o menos agraciadas del mercado que puedan ustedes (y sobre todo yo) tirarse a la cara. 

Pues bien, querido lector. Da la casualidad (quizá no tan casual, pero bueno, no entraremos a discutir eso) de que en mi caso, el tiempo es un bien escaso. No voy a ponerme aquí a hacer una disertación sobre las razones pero sirvan de ejemplo dos aspectos de mi vida cotidiana para explicar dicha situación: en primer lugar, mi bien merecido apodo "Mujer Torbellino", y en segundo lugar, el regalo de Navidad de mi hermano, un libro titulado "Administre su tiempo eficazmente". 

Ironías de la vida.

El motivo de la disculpa de que hablaba hace ya muchas líneas es que, como consecuencia de esta falta de tiempo, ni leo el periódico cada día, ni mucho menos puedo soñar en leer varios periódicos cada día.

Pido perdón por el desengaño que hayan podido ustedes llevarse. Porque además tengo la cara de dedicarme a escribir un blog. 

(Sigan ustedes leyendo como si fueran el Doctor Cooper)

Como decía, les doy permiso para que abandonen la lectura.

Ahora bien, si se aventuran ustedes a seguir siguiendo el curso de mis líneas, en mi defensa diré que leo. He leído toda la vida y lo sigo haciendo, ávidamente, en los momentos más inoportunos probablemente, más inesperados y más cortos de mis ajetreados días. Pero lo hago. Aunque no lea todos los días el periódico, o la novela que -pobrecita, está ya hecha polvo- arrastro de un lado a otro como si de una parte más de mi cuerpo se tratara. 

Pero es que además ahora entra en juego el Twitter de que les hablaba al principio. Porque el dichoso pajarito azul me ha solucionado la vida -parcialmente, claro, porque esta clase de cosas nunca se llegan a solucionar del todo- al hacer posible que yo siga en Twitter a todos los periódicos, revistas, pseudo-híbridos de ambos y todo tipo de publicaciones más o menos agraciadas del mercado que puedan ustedes (y sobre todo, yo) tirarse a la cara. 

Pero es que hay más, porque seguir (y abandonen por favor ahora la lectura como si fueran nuestro querido Sheldon Cooper, que no entiende de ironías ni sentidos figurados) no significa andar por la calle detrás de algo, adecuando la propia dirección a la del objeto o persona seguida, significa que yo, seguidora, puedo leer todo mensaje que dichas publicaciones, a través de su propia cuenta de Twitter, lancen a la red.

Fascinante, absolutamente sublime.

Sin embargo, estoy todavía en pleno proceso de adaptación a esta herramienta tan poderosa, y una vez más debido a mi carácter, soy reacia a modificar mis convicciones más profundas, entre las que se encuentra la de que, a pesar de los altibajos y desastrosas gestiones de todo que ha hecho EL PAÍS, lo considero uno de los mejores periódicos del panorama que se encuentra a mi alcance (tanto intelectual como físico), pero lo considero el mejor de nuestro país en cuanto a oferta cultural.

Y ya digo que han cometido, también en ese campo, imperdonables errores. (A quién en su sano juicio se le ocurre dejar marchar a Maruja Torres, por favor, que alguien me lo explique.)

Pero resulta que a mi me gusta mucho. 

Total, que hoy es domingo, y en vez de pasearme por la pantalla del ordenador con el pajarillo y la banda azules como cabecera, me he sentado al lado de la chimenea con El País Semanal en las manos. 

Y pido nuevamente, llegados a este punto, disculpas (relacionadas estrechamente con las anteriores) por tener la cara de escribir un blog y dedicarme a mencionar y recomendar artículos y publicaciones cuando a duras penas puedo abarcar la lectura de un décimo de las publicaciones de este país.

Pero si hay algo que sí tengo es criterio (bueno, está en proceso de formación, pero lo poco que tengo ya me esfuerzo en usarlo) y he de decir que el número 1.944 de 29 de diciembre de 2013 de esta publicación dominical de EL PAÍS es loable en muchos aspectos.

En primer lugar, por la portada. Los colores, la disposición de los elementos en la plana y el enorme dibujo (encima, ¡en silueta!) del inconfundible perfil del personaje más destacado del año según la publicación conforman un total de lo más atractivo. A la vista, e intelectualmente. 

A la vista porque no es una portada habitual. (Por favor, ¿un dibujo? y ¡¿en siuleta?! Agárrense, porque se salen (en sentido figurado y literal).

Pero también intelectualmente porque quien es lector habitual de El País Semanal sabrá que tienen la sublime costumbre, en el último número del año, de dedicar tres cuartas partes del espacio del suplemento a un sinfín de retratos de los personajes más destacados del año, escritos por personalidades, a vez, destacadas también del panorama nacional e internacional. 

Así pues, loable en segundo lugar por una práctica que considero, desde mi humilde e inculto punto de vista, de lo más acertada. Por muchas cosas, pero por dos que merezca la pena mencionar ahora: en primer lugar, por la frescura en el diseño y en la redacción, que se aparta muy eficazmente de lo que sería una larguísima crónica plagada de subapartados, pesada a la vista y a la mente por la monotonía del estilo de la escritura.

Pero en segundo lugar, por la genialidad del hecho de dar la palabra a muy variadas personas. Personas que no son siempre periodistas ni escritores. Tienen cabida, pues, todo tipo de gentes -escogidos por la cúpula redaccional, claro, pero no por ello menos acertada la práctica- que hablan de otras personas describiéndolas y dejando pues una huella ellas, y el objeto de sus escritos a su vez. 

Y es esta también, rizando el rizo, una práctica que metafóricamente podríamos considerar como un reflejo de lo que quisiera ser la sociedad de hoy en día, esta sociedad que querría dar la palabra a todos.

Tal vez El País Semanal decida que el último día del año es la mejor ocasión para gritarle al mundo que todos podemos -y añado yo, debemos- gritar.

De hecho, si tuviera que elegir yo a alguien a quién dar la palabra ahora mismo, en este preciso instante, se la daría (y les doy permiso a ustedes, lectores, para criticar mi debilidad) a Javier Marías, que se luce, como siempre, con verdades como puños en la última página de El País Semanal. 

Castigar lo inexistente, Javier Marías: 

Nuria Ribas Costa


PD: buenísimo artículo de Almudena Grandes en este mismo número, dos páginas antes que la Zona Fantasma de Javier Marías. De hecho, creo que os deseo feliz 2014 a todos poniéndome en boca las palabras de Grandes.

Y sobre todo, salud; Almudena Grandes