viernes, 13 de diciembre de 2013

Historia de ojos negros y larga melena

Se me ha caído el té. He puesto demasiada agua, no he calculado bien y se me ha caído el té porque soy tonta y he metido la bolsa cuando tenía el agua a ras de la taza. Pero bueno, suspiro, me digo que soy tonta y voy a buscar un trapo para secar la mesa mojada. "Menos mal que no se me ha ocurrido ponerlo cerca del ordenador", pienso. Pienso que así me acordaré otro día de hasta dónde no tiene que llegar el agua en la calentadora, para que no se me caiga el té, para que no se me moje el escritorio, para que no tenga que ir a buscar un trapo y secar la mesa. Otra vez.

Decían que la paciencia era la madre de la ciencia. Pero yo he estado pensando mucho y desde mi ignorancia me atrevo a desafiar al refranero español, con toda su sabiduría incuestionable (y esto no es ironía de ninguna de las maneras) y decir que quizá podríamos adaptar esa frase y decir que también la experiencia es la madre de la ciencia. O vayamos, quizá, un poco más lejos, aventurémonos a decir que la experiencia es la madre de la vida. Vaya, qué cursi ha sonado eso. Déjemoslo en el aventurémonos a secas, quizá mejor.

Aventurémonos a seguir avanzando. 

Porque dicen también que está perdido quien pretende vivir en el pasado, quien pretende que el pasado era mejor, quien suspira por unas vivencias que no forman parte del presente y está ciego, pues, porque desaprovecha durante todo ese tiempo todo su tiempo, el de ahora, el que cuenta. 

Pero estaba yo hablando de la experiencia. Y decía que también es la madre de la ciencia. Y podríamos ampliar eso de ciencia y decir que la experiencia sería como una especie de máquina de esas apisonadoras que aplanan el camino y lo hacen más fácil y transitable. Es algo que va por delante de nosotros ayudándonos a visualizar mejor las piedras gordas con las que no tenemos que tropezar, porque son las que la máquina no ha dejado chafadas contra el suelo. 

Porque la experiencia sabe que las piedras gordas nos harán meternos una leche del copón. Pero de las grandes. Porque claro, la experiencia ya se ha pegado una leche, sabe lo que es y las consecuencias que implicaría y entonces enciende una alarma, despliega una señal, abre una compuerta o cualquier otro tipo de recurso inteligente y rápido y nos dice "eh, tú, por aquí no pases. No pases porque ya te caíste una vez, no querrás volver a caerte."

Esa experiencia, a nivel global, se llama Historia.

La Historia se nos cose al espíritu cual botón que se cae de una chaqueta, se nos agarra con fuerza a las venas y las arterias y sube poco a poco por las extremidades. Pero no la vemos, ni la notamos. No la percibimos ni sabemos reconocerla, la guardamos bajo llave y la regalamos, envuelta en papel de plata, en papel de regalo o en papel de Kleenex reciclado. 

La Historia se convierte en nuestra experiencia inseparable, en nuestro Pepito Grillo. Si la conocemos. 

No es sano no conocer la Historia. No tener una primera cita con ella. Mirarla a los ojos, o torcer la vista por vergüenza y sobrecogimiento con la profundidad de sus ojos negros azabache. Con el brillo de su larga melena o con la lucidez y delicadeza de su piel, que está sin embargo bien curtida. Es normal que nos cueste apreciar su belleza, ante tantos puntos donde mirar. Tantas cosas que observar y devorar, con la mirada y con el intelecto. Porque la Historia es deliciosa. Deliciosamente densa y pura, espantosamente pesada, inquietantemente extraordinaria y sorprendentemente interesante.

La Historia nos enseña, nos hace ver con otros ojos, después de aprender a ver como ella vio, vemos nosotros mejor y más claro. Aunque siempre nos quede alguna diotría. Estas diotrías son las impefecciones. Y la imperfección es humana.

Quién en su sano juicio daría la espalda a la Historia, tan bella y absorbente, tan ineludible. Quién no querría casarse con ella, hacer de su complejidad la esencia de una vida.

Pero no, no es aconsejable, ni correcto, ni sano, ni saludable anclarse en el pasado, ni hacer de las reliquias históricas un becerro de oro.

Porque dicen también que está perdido quien pretende vivir en el pasado, quien pretende que el pasado era mejor, quien suspira por unas vivencias que no forman parte del presente y está ciego, pues, porque desaprovecha durante todo ese tiempo todo su tiempo, el de ahora, el que cuenta. 

Yo no sé de política, ni de Derecho (al menos de esto segundo no sé todavía excesivamente). Ni tampoco sé demasiado de Historia, ni mucho menos de la vida. Pero sé un poco de sentido común, y eso me enorgullece enormemente. Con toda la modestia del mundo, pero me enorgullece. Porque parece ser que el sentido común es el menos común de los sentidos. 

No sé qué se traen entre manos los Gobiernos de este país, ni las Instituciones europeas, ni el mundo en general. No lo entiendo, y quizá no quiero entenderlo. Y se me puede culpar muy severamente, queriendo ser una potencial periodista, por decir esto útlimo que acabo de decir. Pero la cuestión no es qué hacen, sino cómo se atreven a hacer lo que hacen.

Se ríen en nuestra cara y ¿qué hacemos nosotros, quejarnos? Un momento, por favor, necesito respirar. No acabo de entender nada de lo que está pasando. No, no es que no lo entienda. Es que no hay cabeza ni cerebro que en sus cabales sea capaz de interiorizar tal grado de estupidez del que se hace gala en este país.

Venía yo diciendo, al principio de esta larguísima disertación que hace rato ya que se me fue de las manos, que se me ha caído el té porque no he calculado bien la cantidad de agua que debí meter en la calentadora. 

Y he pensado que no hay mal que por bien no venga, y que al menos ahora ya sé, para la próxima, hasta donde no tengo que llenar ese dichoso cacharro.

Pero este "no hay mal que por bien no venga", y ya me perdonará una vez más el refranero español, estoy empezando a ponerlo cada vez más en duda. Yo, y el resto del mundo. El resto del mundo que ha tenido el placer de conocer a la Historia, por supuesto.

Félix de Azúa hace una llamada a "avivar el seso y despertar" en La Cuarta Página de EL PAÍS de este 13 de diciembre. No diré que esté de acuerdo con su conclusión, para aclarar eso habría que escribir otra disertación más como esta y hoy ya no tengo tiempo. Pero lo que sí me gusta, y mucho, es que se desprende de su artículo una idea que yo no he dejado de reiterar en todas las líneas que sobrevuelan estas palabras. 

"Tenemos una memoria adecuadamente frágil como para poder aguantar el peso de nuestra maldad." dice de Azúa. Hola, damas y caballeros del mundo del siglo XXI, haced el favor de quitarles el polvo a los libros de Historia. Porque os estais dando una leche del copón y ni os estais enterando. 

Y entonces va la señora asesora del Ministro de Educación español José Ignacio Wert (fíjense qué paradoja tan graciosa) y llama a la Universidad de las Islas Baleares preguntando que cuánto cobra el señor Ramón Llull.

Señora, es usted estúpida. Y no poco. Se le ha caído el té no una, sino mil veces. Y ahora, otra vez. Pero esta vez se ha mojado usted entera, en vez de mojar la mesa. Y como usted, millones de personas. Oh, y paradójicamente, muchas de esas nos gobiernan. Qué bien.

Y es que no tengo nada más que decir que no sean tacos, y como puedes ser un menor que esté leyendo esto mejor me los callo, que total tampoco son demasiado bonitos ni hacen bien a la lengua. 








Nuria Ribas Costa




sábado, 23 de noviembre de 2013

Incoherencia noctámbula

Vacía, estaba vacía. La mesa, su mente, ella. Triste, sola, agotadoramente melancólica y dudosa de ser una compañía deseable, se deshacía en miradas sabrosas y ondas impalpables de sonidos de ultratumba. Agarrada a la luz de una vela, prometiéndose crecer siempre al revés. O no crecer. Queriendo luchar y jugárselo todo a una.

Lanzó los dados y el termómetro del teléfono inteligente marcó cinco grados. Bajo cero. Estaba bajo cero. Pero marcaba cinco grados. 

Incoherente, sonriente y fría como una mañana sin sol. Como un despertar nórdico. Como la hora del té en la Laponia más remota en un día calurosamente gélido en pleno enero de un año sin determinar.

Sin determinar, como el brillo de sus ojos. Indeterminado el volumen de azúcar en ese café tan salado.

El mar rugió. Qué mar, si aquí no hay mar, sólo una especie de cosa que se cree salada pero no se acerca a la verdad de nada. O a la verdad de la nada. Y si la nada no existe entonces el silencio calla, porque tampoco existe.

El silencio siempre se calla.

Qué mentira tan rematadamente estúpida. Nada tiene sentido. Nada. Silencio. Silencio. Silencio.

Fascinante, perturbador. Silencio. Que no se oiga nada, que no nos oigan llegar. 

Notaba esa especie de vacío interno de cuando sabes que vas a echarte a llorar pero ese algo tan indescriptible se agarra a la campanilla y decide que no va a pasar una sola gota de aire por ahí que no sea específicamente necesario para asegurar tu supervivencia a través del intercambio de gases.

Los bronquios intercambian gases.

Y la bronquitis es una enfermedad.

Quizá tenía bronquitis y aquél día no quería trabajar la campanilla. O Campanilla. Y creció del derecho en vez del revés. Vaya.

Vaya qué cosas ocurren en este lugar tan extraño. O estraño. Estraño está mal escrito. No, mal escrito es todo lo que está por encima de estas líneas, sin pies ni cabeza, sin ton ni son, sin ritmo, sin pan en un día salado. O dulce. O asquerosamente luminoso.

Me duelen los ojos esta mañana. O esta noche.

Creo que me he vuelto un poco vampiresa. Dolor. Qué dolor.

Se rió, con sus bronquios enfermos y su campanilla traviesa. Y Campanilla muy traviesa estaba ya muy lejos de allí. 

Dudosa de ser una compañía deseable. Vacía y llena a rebosar de silencios. Llena de silencio. 

Cogió el teléfono inteligente aquél que tantos dolores de cabeza le daba siempre. Abrió la aplicación aquella del pseudo-piano que no sabía para qué se había bajado, y empezó a teclear. Era muy fácil, era muy lento. Eran un par de notas muy tontas y sencillas y tan asquerosamente complicadas para ella. Todo era asqueroso. Estaba tan llena de vacío que se ahogaba.

Y cantó.

My funny valentine 
Sweet comic valentine 
You make me smile with my heart 
Your looks are laughable 
Unphotographable 
Yet you're my favourite work of art 

Is your figure less than greek 
Is your mouth a little weak 
When you open it to speak 
Are you smart? 

But dont change a hair for me 
Not if you care for me 
Stay little valentine stay 
Each day is valentine's day





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Estaban borrachos. Y aquel lugar se había convertido en un sardinero. La gente se apretujaba, restregándose unos con otros: una especie de pasión fingida tan falsa como el sol de medianoche en el Caribe. Ella llevaba un disfraz peligrosamente frágil para el lugar, y se había cansado de auto-protegerse. Él hacía rato que se dejaba llevar, con rostro indiferente. Era muy fácil encontrar la soledad en aquel lugar. Allí, tan excesivamente acompañado.

Estaban borrachos. Y hartos de aquel sardinero. Entonces decidió que se marchaba, pero no lo encontró. Arrastrada por cuerpos sudorosos y camisas pegadas al cuerpo, intentó dar una vuelta a la sala. Seguro que se había ido. Cabrón. Se había ido.

Caminaba deprisa. El suelo estaba húmedo, las gotas acechaban, desde el cielo. Quería subir.

Estaban borrachos. Empujó a puerta, las luces estaban todas encendidas. Él no se había cambiado. Estaba sentado en la cama. Se rió al verla, ella de él. 

Estaban borrachos. Había mucha luz, se cegaban. Él tenía una guitarra. La púa era blanca, todo era blanco. Les daba vueltas la cabeza… Cogía la guitarra con suavidad, como si la acariciara. La púa le resbalaba entre los dedos. Los acordes eran esos. No desafinaba.

Estaba borracho, y no coordinaba una mano con la otra. Iban a destiempo, y el resultado era una canción que quería ser otra pero se negaba a llegar a serlo. Todo le daba vueltas. Eran esos acordes. Movía la mano derecha. Se equivocaba con la izquierda.

Se echaba atrás, soltaba las cuerdas.
Reía. 
Reían. 

Estaba borracha. Los acordes se recomponían en su mente, difusos. Se hacían notas conocidas, se dibujaba un recuerdo. Él la miraba, ella abría la boca. Y rescataba del fondo de su garganta alcoholizada una nota acorde con la de él. Y otra. Y hacía una palabra, trenzaba los acordes con su voz, afónica. Gastada. Noctámbula. Ebria. 

Y él se equivocaba, se echaba atrás, soltaba las cuerdas. Ella ahogaba la nota, giraba la
cabeza, tosía. Se miraban, buscándose los ojos. Intuyéndolos. Sin enfocarlos. 

Y reían.

Estaban borrachos. Ella apagó la luz del escritorio. Se sentó en él. Él guardó la guitarra, cayéndose sobre la cama mientras se ladeaba para dejar el estuche. Ella sonrió, ebria. 

Se miraron. 

Entonces él puso jazz. Y se estremeció de placer. Ella cerró los ojos.

Estaban borrachos. El jazz también. El jazz también estaba maravillosamente borracho.

Nuria Ribas Costa

viernes, 1 de noviembre de 2013

Cafè

-A mi el que em fot és que vosaltres, quan veieu una persona vestida de traje i amb un maletí dieu automàticament "vaja fill de puta". I això no és.

-No crec que aquest sigui el problema. I no ho fem parlant de la persona, és un impuls fruit d'un rebuig cap a un model, una organització basada en les oligarquies. És a dir, des del meu punt de vista jutgem els estereotips, els símbols d'una organització preimposada que ens ve des de dalt, tant a nosaltres com als jefazos

-Però, una cosa, escolteu-me siusplau. Una cosa: ara, el que no podem negar és que avui en dia el concepte de triomf actualment és guanyar diners. Si tens diners, has triomfat en la vida.

-Home, no sé...

-Sí, això no ho podem discutir. Per a bé o per a mal, i ja m'agradaria a mi que fos diferent, però mira.

-Però un moment, a veure. A mi ja em perdonareu, però no em sembla malament que el meu objectiu en la vida sigui guanyar diners, si així puc anar-me'n de viatge cada estiu. 

-Estic d'acord. 

-Ja però aquesta no és la idea. La idea no és els diners com a objectiu sinó els mitjans de producció dels diners. És al que em refereixo quan parlo d'un model preimposat. L'explotació del treballador, la classe obrera determinada que no pot aspirar a adquirir una posició beneficiada com la que ostenten els alts càrrecs d'una empresa. 

-Una pregunta un moment, porfa ja perdonareu la meva ignorància però crec que hauriem d'aclarir conceptes. Quan parlem d'obrer, què vol dir?

-Home doncs qualsevol persona que treballa a canvi d'una remuneració...

-Un obrer és tota persona que intercanvia la seva força de treball per una remuneració pecuniària.

-I en l'actualitat, la classe obrera és doncs la que està predeterminada, deies. 

-Exactament.

-Escolta però un empresari també és classe obrera.

-A veure...

-No, és a dir, un moment, si ho definim com ho has dit, obrer és qualsevol treballador i un empresari és un treballador com qualsevol altre. 

-Sí, però té un lloc privilegiat a l'empresa que ha creat.

-Dons perquè se l'ha guanyat! 

-Sí, se l'ha guanyat però està, ell també, determinat dins d'un model de producció que beneficia per definició les oligarquies! Un empresari es converteix en oligarquia que sotmet a la classe obrera des del moment en que es situa per sobre d'aquesta classe, i deixa de formar-ne part!

-Ja però qualsevol obrer pot crear una empresa. Qualsevol persona de a pie pot aixecar-se un dia i dir "eh, dons mira avui tinc una idea i crearé una empresa"...

-Bueno bueno bueno, aquesta hipòtesi d'escalar en la piràmide de classes té també un abast molt llimitat, eh? No podem generalitzar per aquí...

-...Sí, clar, tens raó però...

-...però si no generalitzem per aquí no podem generalitzar per l'altre cantó tampoc. És que mira, els homes de traje dels que parlavem abans, no pots tatxar-los a tots de fill de puta, perquè son persones humils que potser es deixen cada dia la pell per a que els seus treballadors puguin tenir un sou digne!

-Estic completament d'acord.

-Sí, clar, però no és a aquesta gent a la que jutjo...

-No, clar, jutges als jefazos inhumans gilipolles. Però és que no ho són tots, així. De fet, si generalitzem, hem de generalitzar tenint en compte que la majoria no són gilipolles, sino petites i mitjanes empreses amb amos que han tingut bones idees en la vida i que han aconseguit sous dignes per a assegurar sous dignes a qui es deixa la pell per ells.

-Però és que aquests també tenen un model de producció preimposat, fixa-t'hi! Per què uns a dalt i altres a sota? No és així com funcionen les coses, no és com haurien de funcionar!

-I quina proposta tenim? 

-A veure, escolteu-me, m'escolteu? Escolteu a veure jo crec que hem de partir del punt que l'home és dolent per naturalesa, és corrupte i ansia el poder. I un cop el té, en vol més i més i no se'n pot treure res de bo d'aquí...

-Uf, si ara entrem en concepcions antropològiques...

-No, no però té raó! És a dir, no podem confiar en la benevolència de les persones un cop som a dalt! Perquè el poder corromp! Tu li dones a la persona humana fins aquí, i agafa fins aquí!

-I llavors què, tallem les ales?

-Jo no ho diria així...

-A veure, doncs posem uns límits. És a dir, decidim fins a on és el màxim que pot estar per sobre un directiu d'un obrer en una empresa, i llavors...

-...és que veus? Ja hi tornes! Obrer també és el directiu! I si és directiu doncs és per què...

-...vale doncs diem un "alt càrrec" i un "administrador". A veure, doncs el que deia, establim un màxim de punts que pot estar per sobre el primer del segon, i així assegurem una menor desigualtat!

-Aquesta llimitació sembla molt idílica, però és que és tallar l'ambició. I aquesta perdoneu-me però també és una característica intrínseca de la persona humana. M'estàs dient que amb aquesta llimitació una emprenedor no podria plantejar-se un avenç en la seva empresa que impliqués una millora i un augment dels ingressos econòmics perquè això desequilibraria els sous. Però què passa si aquest home el que vol és guanyar més diners per després tenir un matalàs per després pujar el sou a la resta dels seus treballadors? És que clar, a mi si em dius no pots anar més enllà d'aquí... Jo soc una persona que sempre vol anar més enllà, i com jo tota persona humana, som ambicioses per naturalesa, tenim idees, valors...

-T'equivoques, no som ambicioses per naturalesa. Tu ho ets per naturalesa, no tothom.

-Té raó.

-Eh una cosa, una cosa, escolteu-me, vaig a buscar-me un café, algú vol alguna cosa?

-Jo vull un tallat.

-Jo vull un tè. I li pots demanar que t'hi posin mel?

-Ooooh merda jo em beuria un cafè amb llet...

-Home, no abusem...

-Va, no, jo t'acompanyo! A veure repetiu què hem de portar...

sábado, 12 de octubre de 2013

Cerveza, sordina y escobillas

Olía  a cerveza y a música cubana. A madera desvencijada y a luces rotas. Olía a whisky y a tequila, al metal de los taburetes altos de barra. Olía a la tapa levantada de un piano de pared de madera fea, a micrófonos y a cables. Olía a patio de butacas improvisado, a cristal y a focos de colores cálidos. A una sordina rodando encima de la madera de un escenario pequeño. Olía al humo de los pitillos que se filtraba por las rendijas de la puerta, a papel de unas partituras que no estaban presentes y a fundas de instrumento. Olía a metal de saxo y a polvo.

Olía a músico. Y a música.

La entrada era de esas de dos puertas, con un cartel que rezaba el nombre del local en forma de media circunferencia. Harlem Jazz Club. En blanco y negro. La segunda puerta tenía cristales y madera vieja. Justo después de franquearla aparecía un cachivache alto, una selecta y esbelta mesa convertida oficina de admisión. Llena de papeles y con un hombre y una mujer como guardianes.

Luz tenue, una barra larga, de madera quizá, y un fondo blanco con botellas. Infinitas botellas de alcohol.

Flanqueando el pasillo hasta la zona ancha, una fila de taburetes de esos altos de metal sin cojín, a la izquierda, formando cual ejército de soldados; y una pared blanca a la derecha. Sosa. Triste.
Sabía a papel de fumar y a saliva en el suelo. A limón y a cerveza negra.

Luego una sala grande, si así podía llamársele. Un espacio ancho con el escenario al fondo y una segunda barra a la izquierda. Pequeña, con caperuzas de lámpara colgadas al revés, y focos amarillentos proyectando desde arriba haces etéreos en su interior.

La luz estaba rota. Era fucsia, naranja, roja, amarilla y blanca. Tímida, arrancaba pedazos a la oscuridad predominante en el local.

Era tarde. Horario músico. Retraso de cortesía que permite a los más tardones regodearse en su prefabricada puntualidad. Pero era ya demasiado tarde.

Entonces nació el movimiento al lado de la segunda barra. Tomaron cinco siluetas el escenario, se iluminaron sus caras en rosa, rojo y amarillo.

Un, dos, tres…

No olía sólo a música.

Olía a jazz.



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Una batería marcaba el ritmo. Colocada al fondo como si no hubiera espacio para todos en aquel diminuto escenario, un joven vestido de azul golpeaba con soltura aquella fabulosa invención de percusión. Hacían en ocasiones las escobillas su aparición intrusa, difuminando el sonido de los platos, que se mezclaba con la luz y el polvo y las gotas de saliva que llenaban los vientos que tomaban el relevo del protagonismo.

Un saxo, una camisa de manga corta, un gorro y un ritmo intravenoso, de movimientos y sonidos seseantes, de notas que derramaban clase.

Una trompeta, con sordina, que parecía hablarle al micrófono en susurros, como cantándole un secreto sin saber que su silencioso interlocutor ya se lo estaba contando a toda la sala. Entonces en un abrir y cerrar de ojos desaparecía el tapón y chillaba estridente la trompeta, cayendo casi, hacia atrás, el joven de camisa oscura, brillante bajo el foco, sermoneando a gritos en forma de notas al micrófono por su indiscreción.

Pero callaban los vientos y volvían las cuerdas. Las pulsadas, con su sonido envolvente e hipnótico, abrazaban camufladas y discretas a la armonía de las cuerdas percutidas de un piano de pared. Con camiseta blanca y pelo largo, movía los dedos con soltura el bajista para dar pie a un joven de ojos claros que tocaba encorvado hacia adelante, la oreja peligrosamente cerca de sus amadas teclas, caídos los párpados al son de la música.

Miradas cómplices, sonrisas sinceras y ojos brillantes. Rostros jóvenes y una energía que teñía el Harlem. Gritos de júbilo, de admiración, de emoción y de juerga.

Un ritmo jazzseado, mezclado con crescendos que despertaban emociones, un crescendo que subía y subía y explotaba en una armonía perfecta entre cinco músicos de orígenes idénticos.

Músicos con sabor a sal y olor a tierra rodeada de agua, convertidos en parte del cartel del 45 Voll Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona.

Se llaman La Marina Band, y nos esperan arriba.





Presentació el divendres 11 d’octubre del primer álbum, de l’agrupació de jazz eivissenca La Marina Band, Adalt, al Harlem Jazz Club de Barcelona.


 Nuria Ribas Costa

domingo, 15 de septiembre de 2013

El silencio

En un perpetuo cambio, el paso estático del tiempo es un concepto que suena a utopía. En el subconsciente del ser humano, condenado él mismo al cambio, se manifiestan síntomas de una debilidad por la duda, por el parón, por el sincero anhelo de un permanecer eterno. Ese paso estático inalcanzable.

Difícil es, en un momento dado, reconocer dichos síntomas. Calla entonces la persona, ajena al mundo y al desconocimiento que implica el saber, e inmersa en un no-quiero-llegar-pero-que-se-acabe-ya-el-viaje, se abandona a los más recónditos sentimientos de su subconsciente. Es entonces cuando aparece el silencio.

Existen muchos tipos de silencio. El silencio de un hombre que espera la muerte, como decía Patrick Rothfuss en su novela “El nombre del viento”, es uno de los más pesados. El silencio del fin de la jornada, que expira cansada para dejar paso a un intervalo indefinido hasta que empieza la siguiente hora de trabajo, ajetreo y ruido. El silencio de un bebé cuando desaparece su llanto, saciado por la leche materna.

Pero existe un silencio impalpable, como robado al tiempo. Un silencio camaleónico, que se esconde en los rincones y en las puntas abiertas de las melenas. Un silencio que reposa en las pestañas y en la piel del lóbulo de la oreja, en las comisuras de los labios y en el orificio nasal derecho.

Un silencio ajeno al mundo, sin el cual el mundo carecería de sentido.

Es el anhelo de la persona por un parón temporal, que se vuelve físico pero no palpable, el silencio de la autocensura por un deseo impronunciable. Qué clase de persona la que prefiere restar inmóvil en un lugar de la línea del tiempo, desapareciendo de la existencia misma. Que desearía conocerse y tras el silencio se consume, poco a poco, como atrapada en sí misma.
Llora entonces la persona. O no. Grita entonces la persona. O no. Se abalanza al suelo, pega puñetazos al aire, hiperventila. O no.

Todo en silencio. Un manto pesado y duro, traspasable, sí, pero con un esfuerzo que no se mide en calorías.

Un manto como la luz de última hora de la tarde, que acuchilla los árboles y se refleja huidiza en la superficie del agua de una piscina. No hay corrientes pero el agua se balancea, gira, inquieta. No hace viento pero el agua arruga el entrecejo.

Sobre ese movimiento inexplicable se cierne entonces el silencio. Ahogando. Ahogando al agua.

Sumida en su silencio ve la persona pasar el tiempo. Muy a su pesar, ve las horas sucederse tras los minutos y los minutos pelearse por avanzar. Y avanzar. Y seguir avanzando. Entonces llega esa impotencia. Es el agua que se balancea, es entonces la persona quien arruga el entrecejo, frunce el ceño y deja rasgados los ojos. Inquieta, agotada. Asustada, furiosa.

Y cree la persona, que debería ser capaz de hacer eso, o aquello. Cree ser egoísta en su silencio. Cree estar lejos de lo que de verdad quiere y querer la lejanía al mismo tiempo. Desea un apartar contra el que quiere combatir. Es entonces una maraña de sentimientos contradictorios que camina balanceándose y cae al agua, y se moja, y aúlla en la noche.

No llores, silencio. No eres censura para mí. No permitas que crea que mi callar es culpa tuya, y que mis deseos pesan en mí bajo el manto impalpable. El silencio es un viaje hacia mí, y creo en el quererlo. Y en el querer volver sin abandonar lo que vi.

Tampoco llores, silencio, el silencio de los demás. El silencio de una historia. El silencio de unos ojos verdes.

*****

Era corpulento, sonriente y bonachón. Una de esas personas con las que te gustaría pasar horas hablando, una de esas personas con las que un encuentro casual en la calle era demasiado corto para conversar.

Un “hola” salido de su boca no era nunca sólo eso. Era una declaración de principios de la felicidad que debía desprenderse en un día soleado. Era la Constitución de la alegría.

Una mirada efusiva y centelleante, una sonrisa brillante, una voz penetrante y un corazón del tamaño del universo.

El servir al Estado fue su trabajo, extrapolado a una forma de vivir convertida en devoción a las personas y al esfuerzo. En un anhelo a la verdad y la fuerza. En un “siempre adelante”.

Tal vez debamos seguir adelante entonces.

Sonreír, y declarar la alegría en hacerlo.

Estrechar la mano a nuestros amigos como si nos fuera la vida en ello.

Y levantarnos.

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Un día me dijeron que la muerte era como un hombre con una pistola en lo alto de un rascacielos en una ciudad. Un día disparaba, y caía alguien a tres manzanas de tu situación. Otro día disparaba, y caía quien caminaba contigo.

El pasado 9 de septiembre de 2013 cayó alguien que caminaba muy cerca de mí.
Descanse en paz, L. A. C.





A Laura Cailà Puig, por sus silencios tan valiosos; y a Lorenzo Aznárez Tur, porque cuando el camino se hace duro, sólo los duros siguen caminando.


Nuria Ribas Costa

jueves, 22 de agosto de 2013

Días rojos

Digamos que es un día de esos de verano en que hasta las cigarras se cansan de cantar por el calor. Digamos que te duchas, y que tres segundos después de salir de la ducha vuelves a estar empapado. De sudor. Pegajoso sudor. Digamos que todavía no has comido. Digamos que has cerrado las ventanas de tu casa porque es preferible que no entre el aire infernal. Digamos que estás solo. Digamos que son las dos de la tarde, pero tú no sabes qué hora es.

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Se le habían roto los labios. Ese acontecimiento tan molesto que dificulta cualquier intento de sonrisa y que acaba haciendo que te parezcas a una serpiente, sacando la lengua cada tres segundos, mojando artificialmente la piel rasgada para alejar el dolor momentáneamente, sabiendo sin embargo que tal empresa acabará siendo en vano.

Se le habían roto los labios pero no tenía cacao en casa. Recordó entonces que una amiga suya le había dicho una vez que el aceite hacía la función de protector labial (o cutáneo, o tal vez fuera otra clase de protección, o quizá ni protegiera, oye) pero se lo puso igual. Difícil fue entonces no lamer y relamer. El aceite le recordaba a su infancia, a la abuela gritándole a papá que había cinco quilos más de aceitunas que el año anterior, a papá gritando que se iba a buscar más sacos, a mamá subiendo con una bandeja de ensaimada y flaón.

Se le habían roto los labios y le dolían. Le dolía todo el cuerpo, pensándolo mejor. Se levantó de la silla y se dirigió a la cocina, a comprobar que la puerta estaba bien cerrada. Hacía viento, ese viento veraniego, odioso porque ni refresca ni deja refrescar, que hacía tambalearse los cristales inamovibles de las ventanas. Menos mal que no era aquello Zaragoza, se dijo.

Se le habían roto los labios pero para mirar fotografías no le hacían demasiada falta, así que se alegró. Parecía que oía la voz de Marc Lavoine escalando tímidamente el oído externo, luego el interno, y luego las ramificaciones sanguíneas hasta su corazón. Parecía exactamente eso cuando pasaba las páginas de uno de sus libros favoritos. Era una de esos grandísimas publicaciones de tapas duras, con cubierta de papel de quita y pon (tan incómoda, que siempre le había parecido que solo servía para incordiar, una trozo de papel plastificado con una bonita imagen en la parte delantera, que abrazaba el libro con ligereza y dejaba a éste bien desnudo al desaparecer). Esa joya era un recopilatorio de imágenes de Berlín, París, Bruselas, Barcelona, Viena, Londres… Ciudades europeas, hablando cada una en su idioma, guiñando cada una el ojo con su luz, mostrándose cada una desnuda y fría, y cálida y templada, y triste y alegre, y roja, azul, violeta, verde, magenta, amarilla, gris o roja. Roja como los días fatales de Audrey en Desayuno con Diamantes.

Se pasó la lengua por los labios. Rojos también ellos como los de Audrey. Lavoine y su lírica seguían escalando. Sin tropezar. Aquel día tocaba París. Topó de frente con una foto desenfocada de un helado en forma de flor. “Montmartre”, rezaba el pie de foto. Se relamió los labios otra vez. Quién sabe si por dolor o anhelo, si por la nostalgia que de pronto le asaltó, si por el dolor contenido, o el aburrimiento disfrazado de paz, o la paz disfrazada de tristeza.

Pasó la página. Era esta vez la foto de un café señorial de esos que flanquean el Sena, con sus Bateaux Mouches que parecen sacados de la Revolución Industrial y conservados, aún hoy, en una bola de cristal, hechizada contra el paso del tiempo. Había una sombra negra en movimiento, en la parte izquierda de la imagen. Era una sombra no homogénea. En la parte superior, redondeada, se diría un gris como de nube de tormenta; seguida después de un pálido blanco y a continuación un negro puro, brillante, negro azabache impenetrable.

A duras penas pasó la página de nuevo. Y allí estaba, majestuosa y noble, la Dama de Hierro. Je dors dans tes hôtels, J'adore ta tour Eiffel, au moins elle, elle est fidèle...

Pasó rápido esta vez. Y ahí estaba, su favorita. Pequeña, en un rincón, como si el retrato del Moulin Rouge que ocupaba las tres cuartas partes de aquella hoja pudiera incluso soñar en quitarle protagonismo. Pero no. Diminuta, oscura, gastada, manoseada. Era una paleta de pintor, no demasiado grande, pero manchada hasta en sus laterales, con tres millones de colores distintos, materializados en aquel libro en infinitos tonos de gris, condenados al hambre de luz pero inmortalizados a cambio en un París sin edad.

Se pasó la lengua por los labios, esta vez lentamente. Sabía salado.

Se sorbió la nariz.

Tenía cosquillas en una mejilla.

Se sorbió la nariz de nuevo.

Hizo una mueca, se tapó la cara con las manos, con la palma hacia dentro.


Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.


Julio Cortázar, Instrucciones para llorar


Nuria Ribas Costa

miércoles, 7 de agosto de 2013

Cupcakes para la señora Thomas

Cuando era pequeña y mi abuela compraba el periódico, me gustaba observarla después de comer mientras hacía sus cosas. Primero retirábamos la mesa (tarea en la que yo colaboraba emocionadísima, qué ironía), después me tocaba a mí sacudir el mantel para quitar-le las migas de pan y demás restos de comida, y después se disponía ella a fregar los platos y yo me sentaba en la punta izquierda del sofá.

Luego ella terminaba esa ardua tarea y, dejando toda la estancia con olor a jabón, se sentaba en su butaca y cogía las gafas y el periódico. Yo observaba la rutinaria sucesión de hábitos cuya mínima alteración significaba un importante cambio en el estado de la abuela. Y en el mío, por extensión.

Pasaba las páginas lentamente. Nadie le había enseñado a leer y que fuera autodidacta era un plus de admiración por mi parte (“mamá, ¡la abuela sabe leer pero no ha ido al cole!”). Pero recuerdo que lo que más me fascinaba era su capacidad para leer todo el periódico en una tarde. Y si bien esto es una forma de hablar, de hecho si ella no leía todo el rotativo, quizá se dejaba por leer un 30%, nunca más.

Un par de años después, me sigue fascinando aquello de poder leer un periódico entero en menos de una tarde. Justo antes de que los párpados caigan, pesados y rugosos, sobre los ojos cansados.

Pero supongo que como por arte de magia, aunque no terminemos el periódico, da siempre la casualidad que acabamos leyendo lo que más nos interesa. Y no me refiero a los titulares atractivos, sino a textos cuya relación con otros ya leídos resulta clarísima, si bien el camino que hemos tomado para llegar a parar a ellos es bastante más difuso.
En el número de EL PAÍS SEMANAL del pasado domingo 21 de julio, Javier Marías escribía un artículo bastante interesante.

Confieso que mi debilidad por Marías fue el mayor impulso para la lectura de dicho fragmento, si bien el título podía insinuar algo bastante aventurado.

Con su habitual escrutinio con clase de la lengua, Marías analizaba, azotando con el látigo de su pluma, los últimos movimientos del Gobierno de Mariano Rajoy en lo referente al juicio ante Tribunal Militar de civiles. Y en el ambiguo contexto del momento, decía Marías que el Ministerio de Defensa llegaba al colmo de lo indefinido estipulando que una de las situaciones en que un civil puede ser juzgado ante Tribunal Militar es en “situación de conflicto armado”.
“Si esto no es militarizar a la población de nuevo, privarla des sus derechos fundamentales y entregarla a la discreción y arbitrariedad del Ejército, que venga el General Franco y lo vea. Se frotaría las manos […]” decía un Marías cuyo texto es, en esencia, una metáfora que introducía al principio del mismo: las noticias menores, que es como las llama el autor, son aquellas que en un momento en que el Estado español se sume en la putrefacción de una falsa democracia dejan entrever el nivel de alarma que el Gobierno se esfuerza en tapar.
Corramos un tupido velo.

¿Un tupido velo a base de escupir de lleno en la cara de la libertad?

Interesante y un tanto perturbador fue que dos días después de leer el artículo de Marías me topara yo (en mi afán por terminar de leer “Los Países” de los domingos) con una noticia cuyo título, de ser mío, me habría tachado de arriba abajo mi antiguo profesor de Redacción, pero que a mí me encantaba.

“Los periodistas, de lejos y sin preguntar” era una pieza informativa obra de Rosario G. Gómez en la que se describía la situación de malestar vivida por los profesionales periodísticos que se quejaban de las cada vez más frecuentes prácticas gubernamentales de restricción de la información. Medidas que Marías calificaba de franquistas en su artículo del Semanal.

¿Sin más ni menos, un SMS de La Moncloa previo a una reunión entre Rajoy y el Consejo Empresarial de la Competitividad (líderes de Telefónica, La Caixa, BBVA, Repsol, etc., para que se imaginen ustedes el tipo de situación) que dice que dicho evento (NO SECRETO SEGÚN LA AGENDA) no tendrá cobertura gráfica?

¿Los periódicos reciben después tres únicas fotografías, en las que aparece Rajoy charlando distendidamente? ¿Y TODO EL MUNDO LAS PUBLICA?

¿Sin más ni menos?

Y mientras tanto la noticia que dibuja las líneas de tal ataque frontal a la libertad de información y  por extensión a cualquier otra libertad es una de esas pequeñas noticias, noticas menores, de que hablaba Marías.

Las que dicen, castigadas a no ser vistas, lo que nadie dice.

El “Thank you, Mr. President” de la primera dama del periodismo estadounidense Helen Thomas se apagó el 20 de julio de este año dejando un legado de preguntas incisivas y críticas sangrantes que reposan a los pies de su inolvidable silla en la primera fila de la Sala de Prensa de la Casa Blanca.

A sus ochenta años continuaba entrando en el famoso edifico, cuando la mayoría de sus compañeros  habían abandonado ya su trabajo. Arrastrada por su cometido convertido en manera de vivir, la mujer que recibiera cupcakes de parte de Obama en su 90 aniversario no dejó jamás de grabar a grito de pluma que “nuestro trabajo (de los periodistas) consiste, aparte de contar la verdad, en que el público conozca los abusos del poder y las injusticias.”
“El legado de Thomas, de principio a fin.” Era la frase que cerraba el obituario en EL PAÍS del domingo 21 de julio de 2013.


Sí, me leí ese artículo veinte minutos después de “Los periodistas, de lejos y sin preguntar.”