sábado, 22 de marzo de 2014

Carmín agonizante

Se había recogido el pelo minutos después de que dejara de llover y ahora se le había secado en forma de moño. Decidió que tratar de luchar contra las fuerzas de sus cabellos era una empresa sin sentido así que se apartó los mechones que le asaltaban el rostro con un soplo y siguió andando. Aquello fue, sin embargo, otra empresa inútil pues el viento soplaba demasiado regularmente en la dirección de su caminar y por mucho recogido que llevara su cabeza parecía una fiesta de lianas.

Estaba oscuro y hacía un poco de frío. Un frío de esos incalificables, pues acababa de empezar la primavera y se suponía que aquella iba a ser una noche límpida y brillante, de esas en las que, sorprendentemente, se ven las estrellas a pesar de estar en la gran ciudad. Pero contra todo pronóstico, aquello era una burla de la naturaleza al meteorólogo en toda regla.

Y ahí estaba la Luna, riéndose a carcajadas de las pobres almas que todavía caminaban apresuradas por las calles ese domingo.

Ella caminaba también, pero no apresurada. De hecho, lo hacía a paso lento, acompasado. Un andar de estos que seguro que en inglés se habría podido describir con una palabra, pero en castellano se precisan de tres o cuatro adjetivos mínimo para esbozar una sombra de aquél caminar.

Llegó a una plazoleta pequeña, débil y ensombrecida, de trazos desordenados y luces enternecidas. Una de esas plazas en las que desembocan los enamorados que van besándose cada dos pasos y en vez de mirar adelante miran a los ojos de su pareja.

Ella tampoco miraba adelante, pero no porque estuviera contemplando la pupila de alguien que la rodeara por la espalda. No miraba adelante porque andaba sin rumbo, y había decidido secretamente –e inconscientemente– llegar a ninguna parte.

Le pareció entrever una especie de banco en la parte izquierda del claro urbano al que había ido a parar. Se dirigió a él y se sentó en una punta. Después se quitó los guantes y abrió la cremallera de su bolso de mano. Sacó una especie de neceser negro, cerrado con un botón en la parte delantera. Lo abrió también y al hacerlo se le cayó un paquete de boquillas al suelo.

Descruzó una pierna para agacharse a recogerlo, volvió a incorporarse y esta vez dejó las piernas juntas, sin cruzar, poniéndoles encima el bolso, el neceser y todo su contenido.

Abrió el paquete de boquillas y se puso una en la boca. Llevaba los labios pintados de rojo de manera desigual, como si se hubiera esparcido con el dedo el resto del carmín que quedaba en el tubo agonizante de pintalabios. Se puso la boquilla justo en el centro de la boca, donde menos roja y más rota estaba la piel. Con las manos abrió entonces el paquete de tabaco, y mientras colocaba una mano con la palma hacia arriba a modo de mesa, con la otra cogió un poco del vicio de color siena y se lo colocó encima.

Cerró entonces el paquete de tabaco y después de colocar en forma de línea recta el contenido del cigarrillo sobre su mano izquierda, sacó hábilmente con la derecha un papel fino y semitransparente.

Lo colocó entonces encima de la línea de tabaco de su otra mano y rápidamente le dio la vuelta, quedando el contenido del cigarro sobre el papel translúcido del color de la Luna que le hacía de foco. Con la mano que le quedaba libre se retiró de los labios la boquilla, que se había teñido de rojo, y la colocó en un extremo del hilo de tabaco que partía el papel en dos.

Entonces, con una técnica que revelaba los años de experiencia, enrolló el pliego dejando un lateral al aire.

Se acercó el proyecto de cigarro a los labios enrojecidos –que no rojos– y los entreabrió, a la vez que sacaba la lengua y la movía de un lado a otro del papel. Lo hizo sólo una vez, lentamente, como si acariciara la piel de una hipotética pareja.

Se separó el cigarrillo de la boca y pegó la franja de papel que le quedaba al resto del canuto.
Lo posó de nuevo sobre sus labios y lo dejó allí mientras recogía todo el material empleado en la empresa y lo metía en el bolso.

Sacó del bolsillo derecho de su cazadora un paquete de cerillas, pequeño y medio roto, lo abrió y sacó una. La encendió, y mientras tapaba la llama con la mano izquierda, acercó la madera con la derecha a la punta del pitillo que reposaba en su boca. Cuando éste hubo prendido, agitó la mano para extinguir la llama y lanzó el trozo de madera al suelo, que cayó sobre la piedra helada con un repiqueteo que estremeció la plaza, al no oírse nada más en aquél enclave que el respirar del aire.

Se puso los guantes, se recostó en el respaldo del banco y chupó el cigarro haciendo brillar la punta. Lo cazó entonces entre el dedo índice y el corazón de su mano izquierda y mientras lo despegaba de sus labios rojos, espiró.

Soltó el humo lentamente, tiñendo la noche de gris y dibujando en el aire. Mirando al infinito repitió la empresa un par de veces.

Tenía el rostro enmarcado por un par de mechones que el viento traicionero del callejón por el que había llegado hasta allí le había arrancado del moño. Éste seguía quieto, pero despeinado, en la parte trasera de su cabeza.

Aún en la noche y con la poca luz de una tímida Luna, se entreveía el color de su pelo: un dorado curtido a partes iguales por el sol y por el descuido. Las puntas estaban todas abiertas, y los cabellos que se habían precipitado fuera del recogido daban la impresión de estar quemados y ser escuálidos.

Como toda ella.

Era larga y fina, como una línea recta bien dibujada. No tenía casi pechos y sus extremidades eran peligrosamente delgadas. Las muñecas no se le veían, pero se adivinaba un vacío considerable dentro de los guantes a la altura de la articulación.

Los tobillos, sin embargo, sí que se entreveían, pues llevaba unos pantalones ligeramente arremangados y unas zapatillas bajas, de cordones, que en algún momento fueron blancas.

Se acercó de nuevo el cigarrillo a la boca. Chupó. Retuvo. Espiró.

La piel de sus guantes reflejaba la poca luz que iluminaba la noche.

Ya no corría ni una gota de viento. El ambiente era húmedo. Espiró.

Se estremeció.

Cruzó los brazos.

Todavía tenía carmín en los labios, pero la mayoría se lo había robado el cigarrillo que agonizaba ya en su mano izquierda.

Se quedó quieta entonces, escuchando atentamente.

Era un sonido sucio. Desatendido y débil. Acuático e imprudente, como secuestrado en el fondo de un barril y condenado al chillido anti-armónico.

Era una melodía masticada y difusa, como si la plazoleta oscura en la que se encontraba lo aplastara con la mirada.

Venía de un rincón indeterminado. Llegaba a través de las piedras del suelo y los agujeros. 

Salía de debajo de la fuente apagada y seca del medio del claro urbano. Aterrizaba sobre su piel gruñendo agudamente.

Tenía los ojos, azabaches como la noche, vidriosos. El cigarrillo humeante se había quedado a medio camino entre la boca –de la que el pintalabios sólo cubría ya las sorprendentemente atractivas arrugas– y la nada. Su piel blanca se había encendido.

Descruzó las piernas y se encogió sobre ellas, escondiendo la cara entre los guantes de piel. No sollozaba. Sacó de dentro de sí un aullido terroríficamente silencioso.

Dio una última calada al cigarrillo, que murió al instante.

Apareció entonces una cortina de humo que se escurría por entre las rendijas de sus dedos, dibujando el aire y tiñendo la noche de un gris difuso y triste.

Y aulló. Empezó como un murmullo débil, casi inaudible, etéreo e inapreciable. Pero reconocible.

Seguía a la armónica. Porque era una armónica. Vieja y destartalada, roñosa y afónica, que marcaba sinuosa un ritmo más que legendario. 

Afónica como su voz.

Se descubrió entonces el rostro y mirando al cielo rescató de lo más hondo de su garganta una nota.

Tosió.

Y regresó entonces su voz. Una voz negra como aquella noche lluviosa de primavera traicionera.

Una voz traicionada y perdida, chiflada y cuerda al unísono convirtiéndose en la patente de la desdicha en aquel crepúsculo.

La armónica sonaba sucia, y ella, encogida mirando al cielo, marcados los huesos y venas de su cuello, cantó por vez primera en mucho tiempo mientras del azabache de sus pupilas asomaban gotas de amargura.


In my solitude you haunt me
With reveries of days gone by
In my solitude you taunt me
With memories that never die
I sit in my chair
Filled with despair
Nobody could be so sad
With gloom evrywhere
I sit and I stare
I know that Ill soon go mad
In my solitude
Im praying
Dear lord above
Send back my love
Alternative lyric:
In my solitude you haunt me
With reveries of days gone by
In my solitude you taunt me
With memories that never die
I sit in my chair
Im filled with despair
Theres no one could be so sad
With gloom evrywhere
I sit and I stare
I know that Ill soon go mad
In my solitude
Im praying
Dear lord above

Send back my love



Nuria Ribas Costa

domingo, 29 de diciembre de 2013

Lectura a la Sheldon Cooper

Ya tengo Twitter y me siento de lo más avanzada y tecnológica. De hecho, soy ya una persona del siglo XXI hecha y derecha. Quién era yo antes del twitter, por favor. Qué es la vida sin el dichoso pajarillo azul.

Pero no, lector. Antes de que concibas (erróneamente) este texto como una crítica sarcástica y/o irónica contra el Twitter, te diré algo: creo que el twitter es uno de los grandes inventos de esta era de la tecnología en la que vivimos. Podría decir que es, precisamente, uno de los cachivaches -si es que así puedo llamarlo, puesto que no es precisamente palpable, y dicho sea de paso, esa es una de las cualidades de todo cachivache- más útiles que he visto jamás. 

Y andaba yo diciendo que desde que formo parte de la bandada azul me siento de lo más avanzada. Y así es. Debes, lector, por lo tanto, interpretar el primer párrafo como lo haría el sublime personaje de la serie televisiva norte-americana The Big Bang Theory, Sheldon Cooper, que lo habría leído sin siquiera sospechar que escondía el más mínimo sarcasmo. (Que te repito que ni lo esconde ni lo muestra, porque no lo hay).

Pero dejando de lado toda esta palabrería, venía yo a presentar una disculpa. Y es que como potencial periodista que se supone que soy, se me presupone la práctica, que de hecho es considerada por algunos como intrínseca de la condición periodística, de leer cada día muchos periódicos, revistas, pseudo-híbridos de ambos, y todo tipo de publicaciones más o menos agraciadas del mercado que puedan ustedes (y sobre todo yo) tirarse a la cara. 

Pues bien, querido lector. Da la casualidad (quizá no tan casual, pero bueno, no entraremos a discutir eso) de que en mi caso, el tiempo es un bien escaso. No voy a ponerme aquí a hacer una disertación sobre las razones pero sirvan de ejemplo dos aspectos de mi vida cotidiana para explicar dicha situación: en primer lugar, mi bien merecido apodo "Mujer Torbellino", y en segundo lugar, el regalo de Navidad de mi hermano, un libro titulado "Administre su tiempo eficazmente". 

Ironías de la vida.

El motivo de la disculpa de que hablaba hace ya muchas líneas es que, como consecuencia de esta falta de tiempo, ni leo el periódico cada día, ni mucho menos puedo soñar en leer varios periódicos cada día.

Pido perdón por el desengaño que hayan podido ustedes llevarse. Porque además tengo la cara de dedicarme a escribir un blog. 

(Sigan ustedes leyendo como si fueran el Doctor Cooper)

Como decía, les doy permiso para que abandonen la lectura.

Ahora bien, si se aventuran ustedes a seguir siguiendo el curso de mis líneas, en mi defensa diré que leo. He leído toda la vida y lo sigo haciendo, ávidamente, en los momentos más inoportunos probablemente, más inesperados y más cortos de mis ajetreados días. Pero lo hago. Aunque no lea todos los días el periódico, o la novela que -pobrecita, está ya hecha polvo- arrastro de un lado a otro como si de una parte más de mi cuerpo se tratara. 

Pero es que además ahora entra en juego el Twitter de que les hablaba al principio. Porque el dichoso pajarito azul me ha solucionado la vida -parcialmente, claro, porque esta clase de cosas nunca se llegan a solucionar del todo- al hacer posible que yo siga en Twitter a todos los periódicos, revistas, pseudo-híbridos de ambos y todo tipo de publicaciones más o menos agraciadas del mercado que puedan ustedes (y sobre todo, yo) tirarse a la cara. 

Pero es que hay más, porque seguir (y abandonen por favor ahora la lectura como si fueran nuestro querido Sheldon Cooper, que no entiende de ironías ni sentidos figurados) no significa andar por la calle detrás de algo, adecuando la propia dirección a la del objeto o persona seguida, significa que yo, seguidora, puedo leer todo mensaje que dichas publicaciones, a través de su propia cuenta de Twitter, lancen a la red.

Fascinante, absolutamente sublime.

Sin embargo, estoy todavía en pleno proceso de adaptación a esta herramienta tan poderosa, y una vez más debido a mi carácter, soy reacia a modificar mis convicciones más profundas, entre las que se encuentra la de que, a pesar de los altibajos y desastrosas gestiones de todo que ha hecho EL PAÍS, lo considero uno de los mejores periódicos del panorama que se encuentra a mi alcance (tanto intelectual como físico), pero lo considero el mejor de nuestro país en cuanto a oferta cultural.

Y ya digo que han cometido, también en ese campo, imperdonables errores. (A quién en su sano juicio se le ocurre dejar marchar a Maruja Torres, por favor, que alguien me lo explique.)

Pero resulta que a mi me gusta mucho. 

Total, que hoy es domingo, y en vez de pasearme por la pantalla del ordenador con el pajarillo y la banda azules como cabecera, me he sentado al lado de la chimenea con El País Semanal en las manos. 

Y pido nuevamente, llegados a este punto, disculpas (relacionadas estrechamente con las anteriores) por tener la cara de escribir un blog y dedicarme a mencionar y recomendar artículos y publicaciones cuando a duras penas puedo abarcar la lectura de un décimo de las publicaciones de este país.

Pero si hay algo que sí tengo es criterio (bueno, está en proceso de formación, pero lo poco que tengo ya me esfuerzo en usarlo) y he de decir que el número 1.944 de 29 de diciembre de 2013 de esta publicación dominical de EL PAÍS es loable en muchos aspectos.

En primer lugar, por la portada. Los colores, la disposición de los elementos en la plana y el enorme dibujo (encima, ¡en silueta!) del inconfundible perfil del personaje más destacado del año según la publicación conforman un total de lo más atractivo. A la vista, e intelectualmente. 

A la vista porque no es una portada habitual. (Por favor, ¿un dibujo? y ¡¿en siuleta?! Agárrense, porque se salen (en sentido figurado y literal).

Pero también intelectualmente porque quien es lector habitual de El País Semanal sabrá que tienen la sublime costumbre, en el último número del año, de dedicar tres cuartas partes del espacio del suplemento a un sinfín de retratos de los personajes más destacados del año, escritos por personalidades, a vez, destacadas también del panorama nacional e internacional. 

Así pues, loable en segundo lugar por una práctica que considero, desde mi humilde e inculto punto de vista, de lo más acertada. Por muchas cosas, pero por dos que merezca la pena mencionar ahora: en primer lugar, por la frescura en el diseño y en la redacción, que se aparta muy eficazmente de lo que sería una larguísima crónica plagada de subapartados, pesada a la vista y a la mente por la monotonía del estilo de la escritura.

Pero en segundo lugar, por la genialidad del hecho de dar la palabra a muy variadas personas. Personas que no son siempre periodistas ni escritores. Tienen cabida, pues, todo tipo de gentes -escogidos por la cúpula redaccional, claro, pero no por ello menos acertada la práctica- que hablan de otras personas describiéndolas y dejando pues una huella ellas, y el objeto de sus escritos a su vez. 

Y es esta también, rizando el rizo, una práctica que metafóricamente podríamos considerar como un reflejo de lo que quisiera ser la sociedad de hoy en día, esta sociedad que querría dar la palabra a todos.

Tal vez El País Semanal decida que el último día del año es la mejor ocasión para gritarle al mundo que todos podemos -y añado yo, debemos- gritar.

De hecho, si tuviera que elegir yo a alguien a quién dar la palabra ahora mismo, en este preciso instante, se la daría (y les doy permiso a ustedes, lectores, para criticar mi debilidad) a Javier Marías, que se luce, como siempre, con verdades como puños en la última página de El País Semanal. 

Castigar lo inexistente, Javier Marías: 

Nuria Ribas Costa


PD: buenísimo artículo de Almudena Grandes en este mismo número, dos páginas antes que la Zona Fantasma de Javier Marías. De hecho, creo que os deseo feliz 2014 a todos poniéndome en boca las palabras de Grandes.

Y sobre todo, salud; Almudena Grandes


viernes, 13 de diciembre de 2013

Historia de ojos negros y larga melena

Se me ha caído el té. He puesto demasiada agua, no he calculado bien y se me ha caído el té porque soy tonta y he metido la bolsa cuando tenía el agua a ras de la taza. Pero bueno, suspiro, me digo que soy tonta y voy a buscar un trapo para secar la mesa mojada. "Menos mal que no se me ha ocurrido ponerlo cerca del ordenador", pienso. Pienso que así me acordaré otro día de hasta dónde no tiene que llegar el agua en la calentadora, para que no se me caiga el té, para que no se me moje el escritorio, para que no tenga que ir a buscar un trapo y secar la mesa. Otra vez.

Decían que la paciencia era la madre de la ciencia. Pero yo he estado pensando mucho y desde mi ignorancia me atrevo a desafiar al refranero español, con toda su sabiduría incuestionable (y esto no es ironía de ninguna de las maneras) y decir que quizá podríamos adaptar esa frase y decir que también la experiencia es la madre de la ciencia. O vayamos, quizá, un poco más lejos, aventurémonos a decir que la experiencia es la madre de la vida. Vaya, qué cursi ha sonado eso. Déjemoslo en el aventurémonos a secas, quizá mejor.

Aventurémonos a seguir avanzando. 

Porque dicen también que está perdido quien pretende vivir en el pasado, quien pretende que el pasado era mejor, quien suspira por unas vivencias que no forman parte del presente y está ciego, pues, porque desaprovecha durante todo ese tiempo todo su tiempo, el de ahora, el que cuenta. 

Pero estaba yo hablando de la experiencia. Y decía que también es la madre de la ciencia. Y podríamos ampliar eso de ciencia y decir que la experiencia sería como una especie de máquina de esas apisonadoras que aplanan el camino y lo hacen más fácil y transitable. Es algo que va por delante de nosotros ayudándonos a visualizar mejor las piedras gordas con las que no tenemos que tropezar, porque son las que la máquina no ha dejado chafadas contra el suelo. 

Porque la experiencia sabe que las piedras gordas nos harán meternos una leche del copón. Pero de las grandes. Porque claro, la experiencia ya se ha pegado una leche, sabe lo que es y las consecuencias que implicaría y entonces enciende una alarma, despliega una señal, abre una compuerta o cualquier otro tipo de recurso inteligente y rápido y nos dice "eh, tú, por aquí no pases. No pases porque ya te caíste una vez, no querrás volver a caerte."

Esa experiencia, a nivel global, se llama Historia.

La Historia se nos cose al espíritu cual botón que se cae de una chaqueta, se nos agarra con fuerza a las venas y las arterias y sube poco a poco por las extremidades. Pero no la vemos, ni la notamos. No la percibimos ni sabemos reconocerla, la guardamos bajo llave y la regalamos, envuelta en papel de plata, en papel de regalo o en papel de Kleenex reciclado. 

La Historia se convierte en nuestra experiencia inseparable, en nuestro Pepito Grillo. Si la conocemos. 

No es sano no conocer la Historia. No tener una primera cita con ella. Mirarla a los ojos, o torcer la vista por vergüenza y sobrecogimiento con la profundidad de sus ojos negros azabache. Con el brillo de su larga melena o con la lucidez y delicadeza de su piel, que está sin embargo bien curtida. Es normal que nos cueste apreciar su belleza, ante tantos puntos donde mirar. Tantas cosas que observar y devorar, con la mirada y con el intelecto. Porque la Historia es deliciosa. Deliciosamente densa y pura, espantosamente pesada, inquietantemente extraordinaria y sorprendentemente interesante.

La Historia nos enseña, nos hace ver con otros ojos, después de aprender a ver como ella vio, vemos nosotros mejor y más claro. Aunque siempre nos quede alguna diotría. Estas diotrías son las impefecciones. Y la imperfección es humana.

Quién en su sano juicio daría la espalda a la Historia, tan bella y absorbente, tan ineludible. Quién no querría casarse con ella, hacer de su complejidad la esencia de una vida.

Pero no, no es aconsejable, ni correcto, ni sano, ni saludable anclarse en el pasado, ni hacer de las reliquias históricas un becerro de oro.

Porque dicen también que está perdido quien pretende vivir en el pasado, quien pretende que el pasado era mejor, quien suspira por unas vivencias que no forman parte del presente y está ciego, pues, porque desaprovecha durante todo ese tiempo todo su tiempo, el de ahora, el que cuenta. 

Yo no sé de política, ni de Derecho (al menos de esto segundo no sé todavía excesivamente). Ni tampoco sé demasiado de Historia, ni mucho menos de la vida. Pero sé un poco de sentido común, y eso me enorgullece enormemente. Con toda la modestia del mundo, pero me enorgullece. Porque parece ser que el sentido común es el menos común de los sentidos. 

No sé qué se traen entre manos los Gobiernos de este país, ni las Instituciones europeas, ni el mundo en general. No lo entiendo, y quizá no quiero entenderlo. Y se me puede culpar muy severamente, queriendo ser una potencial periodista, por decir esto útlimo que acabo de decir. Pero la cuestión no es qué hacen, sino cómo se atreven a hacer lo que hacen.

Se ríen en nuestra cara y ¿qué hacemos nosotros, quejarnos? Un momento, por favor, necesito respirar. No acabo de entender nada de lo que está pasando. No, no es que no lo entienda. Es que no hay cabeza ni cerebro que en sus cabales sea capaz de interiorizar tal grado de estupidez del que se hace gala en este país.

Venía yo diciendo, al principio de esta larguísima disertación que hace rato ya que se me fue de las manos, que se me ha caído el té porque no he calculado bien la cantidad de agua que debí meter en la calentadora. 

Y he pensado que no hay mal que por bien no venga, y que al menos ahora ya sé, para la próxima, hasta donde no tengo que llenar ese dichoso cacharro.

Pero este "no hay mal que por bien no venga", y ya me perdonará una vez más el refranero español, estoy empezando a ponerlo cada vez más en duda. Yo, y el resto del mundo. El resto del mundo que ha tenido el placer de conocer a la Historia, por supuesto.

Félix de Azúa hace una llamada a "avivar el seso y despertar" en La Cuarta Página de EL PAÍS de este 13 de diciembre. No diré que esté de acuerdo con su conclusión, para aclarar eso habría que escribir otra disertación más como esta y hoy ya no tengo tiempo. Pero lo que sí me gusta, y mucho, es que se desprende de su artículo una idea que yo no he dejado de reiterar en todas las líneas que sobrevuelan estas palabras. 

"Tenemos una memoria adecuadamente frágil como para poder aguantar el peso de nuestra maldad." dice de Azúa. Hola, damas y caballeros del mundo del siglo XXI, haced el favor de quitarles el polvo a los libros de Historia. Porque os estais dando una leche del copón y ni os estais enterando. 

Y entonces va la señora asesora del Ministro de Educación español José Ignacio Wert (fíjense qué paradoja tan graciosa) y llama a la Universidad de las Islas Baleares preguntando que cuánto cobra el señor Ramón Llull.

Señora, es usted estúpida. Y no poco. Se le ha caído el té no una, sino mil veces. Y ahora, otra vez. Pero esta vez se ha mojado usted entera, en vez de mojar la mesa. Y como usted, millones de personas. Oh, y paradójicamente, muchas de esas nos gobiernan. Qué bien.

Y es que no tengo nada más que decir que no sean tacos, y como puedes ser un menor que esté leyendo esto mejor me los callo, que total tampoco son demasiado bonitos ni hacen bien a la lengua. 








Nuria Ribas Costa




sábado, 23 de noviembre de 2013

Incoherencia noctámbula

Vacía, estaba vacía. La mesa, su mente, ella. Triste, sola, agotadoramente melancólica y dudosa de ser una compañía deseable, se deshacía en miradas sabrosas y ondas impalpables de sonidos de ultratumba. Agarrada a la luz de una vela, prometiéndose crecer siempre al revés. O no crecer. Queriendo luchar y jugárselo todo a una.

Lanzó los dados y el termómetro del teléfono inteligente marcó cinco grados. Bajo cero. Estaba bajo cero. Pero marcaba cinco grados. 

Incoherente, sonriente y fría como una mañana sin sol. Como un despertar nórdico. Como la hora del té en la Laponia más remota en un día calurosamente gélido en pleno enero de un año sin determinar.

Sin determinar, como el brillo de sus ojos. Indeterminado el volumen de azúcar en ese café tan salado.

El mar rugió. Qué mar, si aquí no hay mar, sólo una especie de cosa que se cree salada pero no se acerca a la verdad de nada. O a la verdad de la nada. Y si la nada no existe entonces el silencio calla, porque tampoco existe.

El silencio siempre se calla.

Qué mentira tan rematadamente estúpida. Nada tiene sentido. Nada. Silencio. Silencio. Silencio.

Fascinante, perturbador. Silencio. Que no se oiga nada, que no nos oigan llegar. 

Notaba esa especie de vacío interno de cuando sabes que vas a echarte a llorar pero ese algo tan indescriptible se agarra a la campanilla y decide que no va a pasar una sola gota de aire por ahí que no sea específicamente necesario para asegurar tu supervivencia a través del intercambio de gases.

Los bronquios intercambian gases.

Y la bronquitis es una enfermedad.

Quizá tenía bronquitis y aquél día no quería trabajar la campanilla. O Campanilla. Y creció del derecho en vez del revés. Vaya.

Vaya qué cosas ocurren en este lugar tan extraño. O estraño. Estraño está mal escrito. No, mal escrito es todo lo que está por encima de estas líneas, sin pies ni cabeza, sin ton ni son, sin ritmo, sin pan en un día salado. O dulce. O asquerosamente luminoso.

Me duelen los ojos esta mañana. O esta noche.

Creo que me he vuelto un poco vampiresa. Dolor. Qué dolor.

Se rió, con sus bronquios enfermos y su campanilla traviesa. Y Campanilla muy traviesa estaba ya muy lejos de allí. 

Dudosa de ser una compañía deseable. Vacía y llena a rebosar de silencios. Llena de silencio. 

Cogió el teléfono inteligente aquél que tantos dolores de cabeza le daba siempre. Abrió la aplicación aquella del pseudo-piano que no sabía para qué se había bajado, y empezó a teclear. Era muy fácil, era muy lento. Eran un par de notas muy tontas y sencillas y tan asquerosamente complicadas para ella. Todo era asqueroso. Estaba tan llena de vacío que se ahogaba.

Y cantó.

My funny valentine 
Sweet comic valentine 
You make me smile with my heart 
Your looks are laughable 
Unphotographable 
Yet you're my favourite work of art 

Is your figure less than greek 
Is your mouth a little weak 
When you open it to speak 
Are you smart? 

But dont change a hair for me 
Not if you care for me 
Stay little valentine stay 
Each day is valentine's day





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Estaban borrachos. Y aquel lugar se había convertido en un sardinero. La gente se apretujaba, restregándose unos con otros: una especie de pasión fingida tan falsa como el sol de medianoche en el Caribe. Ella llevaba un disfraz peligrosamente frágil para el lugar, y se había cansado de auto-protegerse. Él hacía rato que se dejaba llevar, con rostro indiferente. Era muy fácil encontrar la soledad en aquel lugar. Allí, tan excesivamente acompañado.

Estaban borrachos. Y hartos de aquel sardinero. Entonces decidió que se marchaba, pero no lo encontró. Arrastrada por cuerpos sudorosos y camisas pegadas al cuerpo, intentó dar una vuelta a la sala. Seguro que se había ido. Cabrón. Se había ido.

Caminaba deprisa. El suelo estaba húmedo, las gotas acechaban, desde el cielo. Quería subir.

Estaban borrachos. Empujó a puerta, las luces estaban todas encendidas. Él no se había cambiado. Estaba sentado en la cama. Se rió al verla, ella de él. 

Estaban borrachos. Había mucha luz, se cegaban. Él tenía una guitarra. La púa era blanca, todo era blanco. Les daba vueltas la cabeza… Cogía la guitarra con suavidad, como si la acariciara. La púa le resbalaba entre los dedos. Los acordes eran esos. No desafinaba.

Estaba borracho, y no coordinaba una mano con la otra. Iban a destiempo, y el resultado era una canción que quería ser otra pero se negaba a llegar a serlo. Todo le daba vueltas. Eran esos acordes. Movía la mano derecha. Se equivocaba con la izquierda.

Se echaba atrás, soltaba las cuerdas.
Reía. 
Reían. 

Estaba borracha. Los acordes se recomponían en su mente, difusos. Se hacían notas conocidas, se dibujaba un recuerdo. Él la miraba, ella abría la boca. Y rescataba del fondo de su garganta alcoholizada una nota acorde con la de él. Y otra. Y hacía una palabra, trenzaba los acordes con su voz, afónica. Gastada. Noctámbula. Ebria. 

Y él se equivocaba, se echaba atrás, soltaba las cuerdas. Ella ahogaba la nota, giraba la
cabeza, tosía. Se miraban, buscándose los ojos. Intuyéndolos. Sin enfocarlos. 

Y reían.

Estaban borrachos. Ella apagó la luz del escritorio. Se sentó en él. Él guardó la guitarra, cayéndose sobre la cama mientras se ladeaba para dejar el estuche. Ella sonrió, ebria. 

Se miraron. 

Entonces él puso jazz. Y se estremeció de placer. Ella cerró los ojos.

Estaban borrachos. El jazz también. El jazz también estaba maravillosamente borracho.

Nuria Ribas Costa

viernes, 1 de noviembre de 2013

Cafè

-A mi el que em fot és que vosaltres, quan veieu una persona vestida de traje i amb un maletí dieu automàticament "vaja fill de puta". I això no és.

-No crec que aquest sigui el problema. I no ho fem parlant de la persona, és un impuls fruit d'un rebuig cap a un model, una organització basada en les oligarquies. És a dir, des del meu punt de vista jutgem els estereotips, els símbols d'una organització preimposada que ens ve des de dalt, tant a nosaltres com als jefazos

-Però, una cosa, escolteu-me siusplau. Una cosa: ara, el que no podem negar és que avui en dia el concepte de triomf actualment és guanyar diners. Si tens diners, has triomfat en la vida.

-Home, no sé...

-Sí, això no ho podem discutir. Per a bé o per a mal, i ja m'agradaria a mi que fos diferent, però mira.

-Però un moment, a veure. A mi ja em perdonareu, però no em sembla malament que el meu objectiu en la vida sigui guanyar diners, si així puc anar-me'n de viatge cada estiu. 

-Estic d'acord. 

-Ja però aquesta no és la idea. La idea no és els diners com a objectiu sinó els mitjans de producció dels diners. És al que em refereixo quan parlo d'un model preimposat. L'explotació del treballador, la classe obrera determinada que no pot aspirar a adquirir una posició beneficiada com la que ostenten els alts càrrecs d'una empresa. 

-Una pregunta un moment, porfa ja perdonareu la meva ignorància però crec que hauriem d'aclarir conceptes. Quan parlem d'obrer, què vol dir?

-Home doncs qualsevol persona que treballa a canvi d'una remuneració...

-Un obrer és tota persona que intercanvia la seva força de treball per una remuneració pecuniària.

-I en l'actualitat, la classe obrera és doncs la que està predeterminada, deies. 

-Exactament.

-Escolta però un empresari també és classe obrera.

-A veure...

-No, és a dir, un moment, si ho definim com ho has dit, obrer és qualsevol treballador i un empresari és un treballador com qualsevol altre. 

-Sí, però té un lloc privilegiat a l'empresa que ha creat.

-Dons perquè se l'ha guanyat! 

-Sí, se l'ha guanyat però està, ell també, determinat dins d'un model de producció que beneficia per definició les oligarquies! Un empresari es converteix en oligarquia que sotmet a la classe obrera des del moment en que es situa per sobre d'aquesta classe, i deixa de formar-ne part!

-Ja però qualsevol obrer pot crear una empresa. Qualsevol persona de a pie pot aixecar-se un dia i dir "eh, dons mira avui tinc una idea i crearé una empresa"...

-Bueno bueno bueno, aquesta hipòtesi d'escalar en la piràmide de classes té també un abast molt llimitat, eh? No podem generalitzar per aquí...

-...Sí, clar, tens raó però...

-...però si no generalitzem per aquí no podem generalitzar per l'altre cantó tampoc. És que mira, els homes de traje dels que parlavem abans, no pots tatxar-los a tots de fill de puta, perquè son persones humils que potser es deixen cada dia la pell per a que els seus treballadors puguin tenir un sou digne!

-Estic completament d'acord.

-Sí, clar, però no és a aquesta gent a la que jutjo...

-No, clar, jutges als jefazos inhumans gilipolles. Però és que no ho són tots, així. De fet, si generalitzem, hem de generalitzar tenint en compte que la majoria no són gilipolles, sino petites i mitjanes empreses amb amos que han tingut bones idees en la vida i que han aconseguit sous dignes per a assegurar sous dignes a qui es deixa la pell per ells.

-Però és que aquests també tenen un model de producció preimposat, fixa-t'hi! Per què uns a dalt i altres a sota? No és així com funcionen les coses, no és com haurien de funcionar!

-I quina proposta tenim? 

-A veure, escolteu-me, m'escolteu? Escolteu a veure jo crec que hem de partir del punt que l'home és dolent per naturalesa, és corrupte i ansia el poder. I un cop el té, en vol més i més i no se'n pot treure res de bo d'aquí...

-Uf, si ara entrem en concepcions antropològiques...

-No, no però té raó! És a dir, no podem confiar en la benevolència de les persones un cop som a dalt! Perquè el poder corromp! Tu li dones a la persona humana fins aquí, i agafa fins aquí!

-I llavors què, tallem les ales?

-Jo no ho diria així...

-A veure, doncs posem uns límits. És a dir, decidim fins a on és el màxim que pot estar per sobre un directiu d'un obrer en una empresa, i llavors...

-...és que veus? Ja hi tornes! Obrer també és el directiu! I si és directiu doncs és per què...

-...vale doncs diem un "alt càrrec" i un "administrador". A veure, doncs el que deia, establim un màxim de punts que pot estar per sobre el primer del segon, i així assegurem una menor desigualtat!

-Aquesta llimitació sembla molt idílica, però és que és tallar l'ambició. I aquesta perdoneu-me però també és una característica intrínseca de la persona humana. M'estàs dient que amb aquesta llimitació una emprenedor no podria plantejar-se un avenç en la seva empresa que impliqués una millora i un augment dels ingressos econòmics perquè això desequilibraria els sous. Però què passa si aquest home el que vol és guanyar més diners per després tenir un matalàs per després pujar el sou a la resta dels seus treballadors? És que clar, a mi si em dius no pots anar més enllà d'aquí... Jo soc una persona que sempre vol anar més enllà, i com jo tota persona humana, som ambicioses per naturalesa, tenim idees, valors...

-T'equivoques, no som ambicioses per naturalesa. Tu ho ets per naturalesa, no tothom.

-Té raó.

-Eh una cosa, una cosa, escolteu-me, vaig a buscar-me un café, algú vol alguna cosa?

-Jo vull un tallat.

-Jo vull un tè. I li pots demanar que t'hi posin mel?

-Ooooh merda jo em beuria un cafè amb llet...

-Home, no abusem...

-Va, no, jo t'acompanyo! A veure repetiu què hem de portar...

sábado, 12 de octubre de 2013

Cerveza, sordina y escobillas

Olía  a cerveza y a música cubana. A madera desvencijada y a luces rotas. Olía a whisky y a tequila, al metal de los taburetes altos de barra. Olía a la tapa levantada de un piano de pared de madera fea, a micrófonos y a cables. Olía a patio de butacas improvisado, a cristal y a focos de colores cálidos. A una sordina rodando encima de la madera de un escenario pequeño. Olía al humo de los pitillos que se filtraba por las rendijas de la puerta, a papel de unas partituras que no estaban presentes y a fundas de instrumento. Olía a metal de saxo y a polvo.

Olía a músico. Y a música.

La entrada era de esas de dos puertas, con un cartel que rezaba el nombre del local en forma de media circunferencia. Harlem Jazz Club. En blanco y negro. La segunda puerta tenía cristales y madera vieja. Justo después de franquearla aparecía un cachivache alto, una selecta y esbelta mesa convertida oficina de admisión. Llena de papeles y con un hombre y una mujer como guardianes.

Luz tenue, una barra larga, de madera quizá, y un fondo blanco con botellas. Infinitas botellas de alcohol.

Flanqueando el pasillo hasta la zona ancha, una fila de taburetes de esos altos de metal sin cojín, a la izquierda, formando cual ejército de soldados; y una pared blanca a la derecha. Sosa. Triste.
Sabía a papel de fumar y a saliva en el suelo. A limón y a cerveza negra.

Luego una sala grande, si así podía llamársele. Un espacio ancho con el escenario al fondo y una segunda barra a la izquierda. Pequeña, con caperuzas de lámpara colgadas al revés, y focos amarillentos proyectando desde arriba haces etéreos en su interior.

La luz estaba rota. Era fucsia, naranja, roja, amarilla y blanca. Tímida, arrancaba pedazos a la oscuridad predominante en el local.

Era tarde. Horario músico. Retraso de cortesía que permite a los más tardones regodearse en su prefabricada puntualidad. Pero era ya demasiado tarde.

Entonces nació el movimiento al lado de la segunda barra. Tomaron cinco siluetas el escenario, se iluminaron sus caras en rosa, rojo y amarillo.

Un, dos, tres…

No olía sólo a música.

Olía a jazz.



******************



Una batería marcaba el ritmo. Colocada al fondo como si no hubiera espacio para todos en aquel diminuto escenario, un joven vestido de azul golpeaba con soltura aquella fabulosa invención de percusión. Hacían en ocasiones las escobillas su aparición intrusa, difuminando el sonido de los platos, que se mezclaba con la luz y el polvo y las gotas de saliva que llenaban los vientos que tomaban el relevo del protagonismo.

Un saxo, una camisa de manga corta, un gorro y un ritmo intravenoso, de movimientos y sonidos seseantes, de notas que derramaban clase.

Una trompeta, con sordina, que parecía hablarle al micrófono en susurros, como cantándole un secreto sin saber que su silencioso interlocutor ya se lo estaba contando a toda la sala. Entonces en un abrir y cerrar de ojos desaparecía el tapón y chillaba estridente la trompeta, cayendo casi, hacia atrás, el joven de camisa oscura, brillante bajo el foco, sermoneando a gritos en forma de notas al micrófono por su indiscreción.

Pero callaban los vientos y volvían las cuerdas. Las pulsadas, con su sonido envolvente e hipnótico, abrazaban camufladas y discretas a la armonía de las cuerdas percutidas de un piano de pared. Con camiseta blanca y pelo largo, movía los dedos con soltura el bajista para dar pie a un joven de ojos claros que tocaba encorvado hacia adelante, la oreja peligrosamente cerca de sus amadas teclas, caídos los párpados al son de la música.

Miradas cómplices, sonrisas sinceras y ojos brillantes. Rostros jóvenes y una energía que teñía el Harlem. Gritos de júbilo, de admiración, de emoción y de juerga.

Un ritmo jazzseado, mezclado con crescendos que despertaban emociones, un crescendo que subía y subía y explotaba en una armonía perfecta entre cinco músicos de orígenes idénticos.

Músicos con sabor a sal y olor a tierra rodeada de agua, convertidos en parte del cartel del 45 Voll Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona.

Se llaman La Marina Band, y nos esperan arriba.





Presentació el divendres 11 d’octubre del primer álbum, de l’agrupació de jazz eivissenca La Marina Band, Adalt, al Harlem Jazz Club de Barcelona.


 Nuria Ribas Costa